Los burros siguen viaje. A ellos, ¿qué les importa el negocio? Lo que les gusta es andar, curiosear, ver novedades.
El muchacho corre a toparlos, y ellos, adrede, trotan calle arriba. Un auto los ataja en una bocacalle. El muchacho se les planta por delante: silba, grita, les pega ponchazos, y la recua vuelve frente a la vecina que espera la leña.
Mientras el muchacho desata la leña, los borricos merodean.
Uno, se cuela por un zaguán, raspando al pasar, los reboques con los torcedores. En el patio, una sirvienta lo baraja a escobazos. El burro ceja, y al salir, muy despacio, tumba una maceta.
Alguno se acuesta a descansar en media calle, lanzando resoplidos de desaliento, al pensar que a él no le toca el turno todavía.
Hurga otro, con su belfo suave y azulado, el cordón de la vereda, donde una cáscara de banana se adhirió a la piedra. Después se come una cáscara de naranja, mientras un camarada, más feliz en hallazgos, se empeña en tragar un diario abandonado, envoltorio de cocinera, saturado de oliente y sabrosa grasa.
Durmiendo los ojos beatamente, un burrito ensaya lamer un hilo de agua inmunda que mana de un albañal.
En un grupo, alguno, cariñoso y prolijo, le rasca con los dientes a un congénere la sarnícula del apolillado pescuezo.
Le toca luego el turno al que se echó: el muchacho lo quiere hacer levantar para descargarlo; pero el burro no quiere. ¡Se siente tan cómodo!
El muchacho, impaciente, la emprende a puntapiés. El burro se limita a menear la cabeza y pestañear, hasta que el dolor de la tunda le llega al alma. Entonces, cachaciento, ayudado por el muchacho, se incorpora.