El lento paso de la tropilla, su mansedumbre, el ligero vaivén incesante de las colillas exíguas, las cabezas pensativas, los dulces ojos, las tranquilas orejas, hacen del burrito leñatero la nota más simpática de la calle salteña.

¡Ay! pero no cuando uno de estos animalejos deja oir un bárbaro rebuzno.

El bucólico encanto se rompe de pronto ante esa desapacible resonancia, ante las grandes quijadas abiertas en la plenitud de la bestialidad, y ante el brutal regocijo que sacude el mísero y flaco cuerpo del asno, en espasmos de un grosero naturalismo.


UNA PROCLAMACION

Un mes antes de la elección el arrabal pulula en el comité. Y una noche, a son de bombas, se hace la proclamación del candidato. Es la noche cívica, merienda de negros, aquelarre, agrio candombe.

Cuando los adherentes se congreguen, y desborden por los cuartos y patios del comité, que es siempre un despacho de bebidas, en medio de la gente se mostrará el candidato, y hablará; y hablarán los amigos del candidato.

Ansioso esperaba el arrabal la noche de la proclamación. No bastaba el haber sorbido, durante veinte días seguidos, el vino del candidato. Ahora que la elección se acerca es preciso también oir la palabra de los políticos, que pagan la fiesta; de los blancos, de los ricos cholos, de los eternos explotadores del Juan Pueblo, como dijo cierto gringo que habló en el teatro, y que se fué.

Y esta noche, siendo de estruendos, y de discursos y de cerveza, hay que aprovecharla, y beber por el triunfo del partido.