¡El triunfo!... palabra imprecisa, mero ruído verbal en la cabeza del elector.


Entremos en el club político la noche de proclamación, en el momento de los discursos. Es en el patio entoldado de una pulpería de arrabal.

Parado sobre una mesa, enguantado, bien vestido, el candidato inicia la tanda de los discursos.

La multitud escucha: trescientos y tantos ciudadanos, de los cuales doscientos por lo menos están beodos.

El candidato infunde respeto. Su galano estilo, su clara dicción, caen, como lluvia de rosas en un lodazal, sobre un apeñuscamiento de cabezas hirsutas, sobre un campo de bocas abiertas en rictus alcohólico, sobre un oscuro lago de miradas atónitas.

Pero el espectáculo sugiere al punto esta reflexión: el respeto no es a las ideas, que no se alcanzan. Es el respeto atávico al blanco, es decir, al amo ancestral; es el respeto a los guantes, al jaquet, al botín de charol; es el respeto fetichista del indio por las cosas que su instinto presiente como signos de excelencia.

Un borracho aprueba con amplios gestos los párrafos del orador. Y exclama en alta voz:—¡claro!... ¡eso es!... ¡Me gusta!...

Lo veo esforzarse por fijar la atención. La mona, en su estrabismo, le muestra dos oradores, y él se obstina en mirar uno. Luego, cansado, vuelca la cabeza sobre el pecho impotente, y la sonrisa del arlequín que hay en todo borracho, divaga por el rostro enorme, moreno, pingüe de grasa y de sudor.

En medio de este grotesco silencio, en medio de esta trágica atención de beodos, aquí y allí se sofoca un juramento, se contiene una réplica inconsulta, se acalla un intempestivo monólogo. Entre tanto, algunos se desprenden furtivamente del grupo, para ir a beberse una copa más en el mostrador. ¡Qué diablos!... Lo único positivo es el vino; el vino que permite olvidar el crimen del ocio y de la ignorancia.