—¿Qué será eso?—pensó el dependiente.—¿Qué será?...
Apagó la vela y se durmió.
Varias noches después del descubrimiento, Roque Pérez volvió a mirar la cola de gato. Al cabo de una hora de contemplación, pensaba: ¿qué será esa cola?... Y se decía: mañana voy a poner la escalera para ver lo que es... Y apagaba la vela y se dormía.
Todas las mañanas, al despertar, Roque Pérez se desperezaba y miraba la cola de gato. La miraba todas las noches al acostarse. Y siempre pensaba: en uno de estos días voy a poner la escalera.
Pero Roque Pérez era indolente, con esa profunda indolencia de los pueblos palúdicos. El había tenido una idea: aquella cola de gato debía ser algo. Para saber qué era, había tiempo.
Así pasaron dos años, y pasaron cinco años, ¡y pasaron diez años!... El señor Sarratea murió de tabardillo; los herederos liquidaron el negocio; Pérez tuvo que abandonar la vieja casuca.
Salió de allí con quinientos pesos de sueldos economizados y se contrató en la tienda de enfrente.
A poco de esto, alquiló la casa de Sarratea un boticario alemán que llegara a Salta con su mujer.
Lo primero que hizo el boticario, naturalmente, fué preocuparse de la limpieza del chirivitil, para instalar su botica.
Un día el boticario entró en la trastienda, y al revisar las paredes y los techos, vió la cola de gato. El alemán llamó a su mujer y le mostró aquello. Pidieron prestada una escalera en la tienda de enfrente. Roque Pérez, en persona, trajo la escalera. El boticario, ayudado por Pérez, la afianzó sobre un cajón para que alcanzase al techo, y se trepó.