Mientras el pobre Roque sostenía la escalera, el boticario, allá arriba, asió de la cola, tiró, y cayó al suelo una moneda de oro. Tiró más, y cayeron algunos cascotes y varias monedas. Luego, metiendo el brazo en el agujero del techo, sacó un zurrón lleno de onzas de oro, y se lo arrojó a su mujer. Buscó más, y encontró otro zurrón, y cargando el pesado fardo, bajó al suelo.
—Bueno,—dijo el alemán todo sofocado, entregándole a Pérez una monedita.—Aquí tiene Vd. su propina. Y gracias por la escalera.
Ahora, Don Roque, ante la rueda de empleados, da un chupón formidable a su cigarrillo, sonríe con calma, y con las barbas llenas de humo, dice:
—Entonces fué cuando comprendí que mi destino era ser empleado público.
EL SALTO ATRAS
—Escalandrini, páseme el frasco de las arañas,—le dije al ayudante.—Vamos a separar los diferentes ejemplares en lotes adecuados.
El hombre puso el frasco en la mesa y preparó los lentes, las pinzas, el alcohol y demás cosas necesarias.
—Examinemos primero la araña negra... Veamos. Es una especie nueva para nuestro museo, y hay que clasificarla. Téngame usted el frasco a contraluz.