En vano busqué. Entre aquel locro de bichos no estaba la araña negra.

—¡Es singular!—objeté,—pues ayer mismo la estuve mirando en el fondo. ¿Habrán entrado ayer aquí los muchachos después de clase?

¡Non signore!

—Bueno. Conviene que cuide usted mejor el gabinete... Resulta que los alumnos burlan su vigilancia y se roban los bichos.

La pérdida me contrariaba de veras. Tratábase de cierta araña del Chaco, muy rara, muy difícil de pillar. Se la debí a la gentileza de Don Tadeo Amaya, lenguaraz de una toldería de junto al Bermejo.

Algunos días después de este pequeño incidente, Escalandrini vino a buscarme a casa con el fin de entregarme unos portaobjetos del microscopio. Apenas se me acercó le sentí un tufillo inconfundible a caña. Y confirmé mis sospechas del alcoholismo del ayudante, una noche que lo encontré por una calle haciendo eses.

No hacía mucho que se habían abierto los cursos, y pensé que aún era tiempo de buscar otro ayudante. Aquel hombre me había inspirado desde el primer día una invencible repulsión; así es que me alegré cuando le descubrí su vicio. Sólo aguardaba una buena oportunidad para hacerlo saltar del Colegio.

Aunque italiano, Escalandrini tenía tipo de negro. Ostentaba una cabellera lanuda, apelmazada, y que tiraba a rubio. Tenía la tez amarillenta, los ojos pequeños y huraños, y era bajo de estatura. Era barbilampiño, jetón, dentudo, y tenía pómulos salientes y brazos muy largos para su estatura: en resumen, un aire sub-humano, sobre todo si se lo examinaba de cerca, por cierta expresión esquiva y bestial de tristeza en la mirada.

Y sin embargo, como ayudante no puedo negar que era competente y experimentado.

Había venido al Colegio Nacional, recomendado por el naturalista Timperton, y había sido auxiliar de zoología en un museo de Turín, y después miembro de una expedición entomológica en la colonia Eritrea.