Ahora bien; un día que yo señalara a la clase un tema sobre las aves, entré antes de hora en el gabinete y me puse a revisar una colección de volátiles que debía utilizar en mi conferencia. Escalandrini hallábase a la sazón ocupado en disecar, en un extremo del salón, un loro barranquero que él mismo cazara con tal objeto.
Al revisar las colecciones de los armarios noté que faltaban algunas piezas. Después advertí un excesivo desperdicio de alcohol, pues las tablas de los estantes estaban mojadas de este líquido.
—Tenga usted más cuidado, Escalandrini—, le dije al ayudante.—Derrama usted demasiado alcohol en la remuda de los botes.
Pero un detalle bien curioso me llamó la atención. En un estante, como escondida detrás de unos frascos, yacía una cabeza de crótalus, que sin duda había sido separada del tronco, no por cuchilla de cortes, ni por bisturí, sino a tirones, pues los tejidos presentábanse desgarrados.
—Yo quisiera dar cun los traviesos qui me facen un batituque dil gabinete—, gruñó Escalandrini, que se había vuelto en su silla y expiaba mis movimientos. Pero la fisonomía del individuo no acusaba la expresión correspondiente al tono con que pronunciara tales palabras; circunstancia que no dejó de impresionarme.
Quizá se había fijado más en mí que en sus propias palabras.
Luego descubrí, dispersas en las tablas, algunas gotas de estearina.
Como en el gabinete no había luz eléctrica, supuse que alguien se entraría de noche, y con vela.
No pregunté nada.
En lo sucesivo el gabinete me pareció ya mejor cuidado. Sin embargo, buscando a lente, siempre hallaba en el suelo, o en la mesa, o en los estantes, gotas de estearina que habían sido raspadas,—se conocía—, con sumo cuidado.