Entonces fué cuando empecé a concretar mis sospechas...

Y un suceso lamentable vino a precipitar el desenlace de esta intriga, a develar el misterio de un temperamento.

En el aserradero de Perutti, la tarde del 6 de Abril, un obrero se cortó la mano derecha con una sierra sin fin. Se le había enganchado la manga en el trozo que aserraba, y a pesar de los sobrehumanos esfuerzos del infeliz, el trozo le arrastró el brazo, la sierra pasó de través, y el hombre quedó manco.

Fué una espantosa confusión. Los compañeros del taller acudieron a auxiliarlo, pues se iba en sangre. Lo llevaron a la Asistencia Pública y allí le contuvieron la hemorragia.

Cuando el pobre obrero estuvo en sus cabales se acordó de su mano. Preguntó por ella. Los compañeros fueron a buscarla entre el aserrín, pero no la hallaron. La mano se había extraviado.

Poco después del accidente la mujer de un obrero había visto varios perros que olfateaban la sangre...

Tuvieron que ir a contarle al dueño de la mano la verdad:

—Parece que un perro se la ha comido...


La noche del 16 de Abril, bien madurado mi plan, me introduje con gran sigilo en el Colegio; atravesé de puntillas los largos claustros, llegué a la puerta del gabinete, y espié por el ojo de la llave...