Frente a frente de la puerta, ante la mesa de conferencias, alumbrado por un pucho de vela, Escalandrini perpetraba un horrible banquete.
De un frasco de arañas en alcohol echaba a pecho grandes tragos. En eso, sacó del bolsillo una mano muerta y empezó a devorarse el dedo mayor.
El monstruo parecía borracho. Sus ojos relampagueaban, ebrios de alcohol y de gula bestial.
Después, con una pinza, extrajo una araña pollito, y de una dentellada le cercenó el abdómen.
Escalandrini era un caso típico de regresión o salto atrás. Una vuelta a los trogloditas antropófagos.
Ribot, en su Herencia, habla de un neozelandés educado en Londres, que se comió viva a una niña de cinco años.