La fechoría que voy a confesar pesa sobre mi conciencia de un modo abrumador, y su recuerdo me es tanto más doloroso, cuanto menos preconcebida fué la conducta que en este caso observé, al dejarme arrastrar por el perverso apetito del crimen, que parece ser el estigma de mi existencia.
¿Qué conseguiría yo suplicando al lector que procure encontrarme atenuantes o justificativos en esta infamia? Nada.
Y así, desde que escapé a la acción de la justicia humana (y aun espero escapar de la divina), le saco provecho a la verdad, escribiendo mis barrabasadas, no sin escándalo, me consta, de ciertos timoratos.
Y ya me dejo de rodeos, y contaré las cosas tal cual pasaron, fielmente.
Yo estudiaba cuarto año secundario en el colegio del Carmen, de la calle Estados Unidos, de Buenos Aires.
Teníamos un profesor de inglés que se llamaba míster Moore.
Era un hombre como de sesenta años, muy alto y de porte grave.
Su rigor en el cumplimiento del deber era tal, que, en diez años de profesorado, apenas cuatro veces habia faltado a clase. Nunca hablaba sino lo estrictamente necesario, ni tuvo nunca con sus alumnos una frase de expansión o de confianza.
Míster Moore nos infundía, pues, ese respeto mezclado de lástima que inspiran la soledad y la digna reserva de las personas que sufren. Porque nosotros suponíamos que el pobre profesor sufría, y sufría en silencio, con su cara displicente de clown jubilado, toda rasurada, y bajo su levita de incierto color azul, única, perpetua, humilde y respetable.
Por lo demás, poco sabíamos de sus rarezas. No cultivaba relaciones íntimas, vivía en una pensión de la calle Rivadavia, y comía en su pieza, por librarse de la gente.