Cuanto a su enseñanza, daba buenos resultados, aunque no conmigo, que siempre merecí calabazas en inglés.
Aquel año la salud de Mr. Moore decaía visiblemente, a juzgar por la palidez progresiva de su rostro y el aire taciturno de su andar.
No hubimos de extrañarnos, pues, cuando una tarde de junio, el director nos dijo en clase que Mr. Moore acababa de morir de un síncope, al tomar el tranvía para venir al colegio.
Los alumnos de cuarto año hubimos de encargarnos de las diligencias previas al entierro. Y así, nos trasladamos a la pensión de la calle Rivadavia, donde, en su cama, encontramos al excéntrico serenamente dormido en la eternidad.
El vigilante de la esquina lo había recogido y llevado a la casa.
Seis velas sobre seis sillas en torno del catre, y un crucifijo entre las manos del difunto, cuya religión no conocíamos, bastaron para el arreglo fúnebre, y allí nos quedamos haciéndole compañía.
Pero a media noche los discípulos resolvieron pasarla en un cafetín, en lugar de guardar a Mr. Moore. Yo rechacé la invitación, y no sin agrado me quedé solo, pues la situación favorecía el maquinamiento de cierto poema que pensaba escribir.
Era la del velorio una habitación espaciosa, y tenía una puerta a un pasillo estrecho con baranda de hierro, en el piso alto, sobre el patio.
Había otras dos puertas que comunicaban con piezas contiguas, pero estaban tapadas con roperos, disposición ésta que me valió mucho, ahogando el ruido, como habrá de verse luego.
Ocupaba la cama el centro del cuarto, los pies hacia la puerta, y la cabecera contra la pared del fondo.