Junto a un ropero, a la izquierda de la cama, me instalé en un confortable sillón, al lado de la mesa de trabajo, donde yacían una Biblia y algunos libros ingleses.
Desde mi sitio, como a cinco pasos, podía yo ver, indistintamente, la cara escuálida del muerto; y al cabo de un cuarto de hora, la sugestión irresistible del cuadro, dispersando mis poéticos pensamientos, me había impuesto, en cambio, su pavoroso misterio.
¡Cuánta ignota pena, cuánta desolación, cuánto abandono, contemplé en aquella vida desgraciada que acababa de apagarse!
¡Pobre viejo! Llevábase él a la tumba, con su eterno spleen, ¡quién sabe qué nostalgias, quién sabe qué recuerdos!
Y a la luz amarilla de las velas, me pareció ver dibujarse una sonrisa de paz en aquella boca rígida que jamás había sonreído.
Hay en la llama pálida de esas velas de muerto, algo así como un afligente fervor de súplica; un intangible soplo las consume, y se agitan inquietas en el silencio como anímulas simbólicas del dolor.
Aquella era en verdad una hermosa máscara. La nariz alta sostenía, con elegancia de columnata corintia, el doble arco de la frente, abierto y noble. Los labios eran delgados, y el mentón saliente, con firme decisión de voluntad.
De pronto, un escalofrío me crispó los nervios. Los ojos de Mr. Moore se habían abierto...
¿Sería posible?...
Traté de tranquilizarme. Incorporándome con un sigilo ansioso, me acerqué de puntillas al lecho. Pero los ojos estaban cerrados.