Me expliqué. Las velas, sobre su cara brillante, jugaban con reflejos y sombras.

Volví a mi sitio, y por distraerme abrí la Biblia, procurando inútilmente leer. Con la imaginación en desorden, y el corazón al galope, ya no fuí dueño de mí mismo; ¡entonces sobrevino la crisis!

Y la incurable neurosis que padezco se desbordó en mi cerebro con imágenes descabelladas, con ideas incoherentes y estrafalarias.

En estos ataques agudos, el cerrar los ojos, o el quedarme en tinieblas, no me da resultado. Desfilan ante mis pupilas, en vertiginosa balumba, todas las furias del infierno. Rostros de mujeres, de viejos, de locos, de perros, de burros, se transforman, se sustituyen, se mezclan y se esfuman en una semioscuridad extravagante, absurda. Y la crisis sólo tiene un remedio: correr, o saltar, o gritar, ¡o matar!... hacer, en fin, algún esfuerzo muscular intenso, que despilfarre mis anormales energías de un modo súbito y violento.

Y con la mirada clavada en el muerto, exaltado, enajenado, anhelante, fronterizo de la demencia, en el paroxismo de la atención, lo vigilaba, lo acechaba, lo espiaba, con la sospecha inaguantable de que no estaba muerto, de que estaba haciéndose el muerto, de que pretendía asustarme, sorprenderme, burlarse de mí...

Y en ese instante la cosa se produjo. ¡Mr. Moore había levantado una pierna en el aire, una pierna peluda y flaca, de araña gigante; un pie descarnado, repugnante, amarillento, de largos dedos abiertos en abanico!

¡Mr. Moore se había despertado de la muerte, y Mr. Moore, por fin, rígido, escuálido, con los ojos fuera de las órbitas, mirándome impertérrito, desnudo, espantosamente desnudo, se había puesto de pie junto a la cama!

¡No pude más!

Poseído de un acceso formidable de energía, de alegría bárbara, de terror loco; ágil como un demonio, salté sobre él y le pegué una bofetada tal, que lo acosté patas arriba sobre su lecho de muerte.

Después, maquinalmente, lo acomodé en la posición primitiva; y poco a poco, al recobrar la serenidad y la razón, dime clara cuenta del peligro que corría, si, como era posible, alguien en la casa hubiese oído el ruido.