MARSILLA. Hizo
alarde de su riqueza….
ZULIMA. ¿Y qué? ¿rindió la firmeza
de Isabel?
MARSILLA. Es poco hechizo
el oro para quien ama. 235
Su padre, sí, deslumbrado….
ZULIMA. ¿Tu amor dejó desairado,
privándote de tu dama?
MARSILLA. Le ví, mi pasión habló, su fuerza exhalando toda, 240 y, suspendida la boda, un plazo se me otorgó, para que mi esfuerzo activo juntara un caudal honrado.
ZULIMA. ¿Es ya el término pasado? 245
MARSILLA. Señora, ya ves … aun vivo.
Seis años y una semana
me dieron: los años ya
se cumplen hoy; cumplirá
el primer día mañana. 250
ZULIMA. Sigue.
MARSILLA. Un adiós a la hermosa dí, que es de mis ojos luz, y combatí por la cruz en las Navas de Tolosa. Gané con brioso porte 255 crédito allí de guerrero; luego, en Francia, prisionero caí del Conde Monforte. Huí, y en Siria un francés albigense, refugiado, 260 a quien había salvado la vida junto a Besiés, me dejó, al morir, su herencia: volviendo con fama y oro a España, pirata moro 265 me apresó y trajo a Valencia. Y en pena de que rompió de mis cadenas el hierro mi mano, profundo encierro en vida me sepultó, 270 donde mi extraño custodio, sin dejarse ver ni oír, me prolongaba el vivir, o por piedad o por odio. De aquel horrendo lugar 275 me sacáis: bella mujer, sentir sé y agradecer: di cómo podré pagar.
ZULIMA. No borres de tu memoria tan debido ofrecimiento, 280 y haz por escuchar atento cierta peregrina historia. Un joven aragonés vino cautivo al serallo: sus prendas y nombre callo; 285 tú conocerás quién es. Toda mujer se lastima de ver padecer sonrojos a un noble: puso los ojos en el esclavo Zulima, 290 y férvido amor en breve nació de la compasión: aquí es brasa el corazón; allá entre vosotros, nieve. Quiso aquel joven huir; 295 fué desgraciado en su empeño: le prenden, y por su dueño es condenado a morir. Pero en favor del cristiano velaba Zulima; ciega, 300 loca, le salva;—más, llega a brindarle con su mano. Respuesta es bien se le dé en trance tan decisivo: habla tú por el cautivo, 305 yo por la Reina hablaré.