ISABEL. ¡Virgen del Pilar!
¿Quién?

PEDRO. Roger. Llégase a mí, y en voz pronunciada mal, «Uno (dijo) de los dos 105 la vida aquí dejará.»

ISABEL. Y ¿qué hicisteis?

PEDRO. Yo, pensando que bien pudiera quizás mi muerte impedir alguna mayor infelicidad, 110 crucé los brazos, y quieto esperé el golpe mortal.

ISABEL. ¡Cielos! ¿Y Roger?

PEDRO. Roger parado al ver mi ademán, en lugar de acometerme, 115 se fué retirando atrás, mirándome de hito en hito, llena de terror la faz. Asió con entrambas manos el arma por la mitad, 120 y señas distintas hizo de querérmela entregar. Yo no le atendí, guardando completa inmovilidad como antes; y él, con los ojos 125 fijos, y sin menear los párpados, balbuciente dijo: «Matadme, salvad en el hueco de mi tumba mi secreto criminal.» 130

ISABEL. ¡Su secreto!

PEDRO. En fin, de estarse tanto sin pestañear, él, cuyos sentidos eran la suma debilidad, se trastornó, cayó; dió 135 la guarnición del puñal en tierra, le fué la punta al corazón a parar al infeliz, y a mis plantas rindió el aliento vital. 140 Huí con espanto: Azagra, viniéndose a disculpar conmigo, me halló; le dije que no pisaba el umbral de aquella casa en mi vida; 145 y él, próvido y eficaz, avisó al rey, y mandó el cadáver sepultar.— Ya ves, hija: por no ir yo contra tu voluntad, 150 por no cumplir mi palabra, quise dejarme matar; y Dios me guardó la vida: su decreto celestial es sin duda que esa boda 155 se haga por fin … —y se hará, si en tres días no parece tu preferido galán.

ISABEL (aparte). ¡Ay de él y de mí!

ESCENA III