MARGARITA. ¡Qué! ¿lloráis?

ISABEL. Aun no me fué vedado este desahogo.

MARGARITA. Isabel, si no os escucho, no me acuséis de rigor. 320 Comprendo vuestro dolor, y le compadezco mucho; pero, hija … cuatro años ha que a nadie Marsilla escribe. Si ha muerto….

ISABEL. ¡No, madre, vive!…. 325
Pero ¿cómo vivirá?
Tal vez, llorando, en Sion
arrastra por mí cadenas,
quizá gime en las arenas
de la líbica región. 330
Con aviso tan funesto
no habrá querido afligirme.
Yo trato de persuadirme,
y sin cesar pienso en esto.
Yo me propuse aprender 335
a olvidarle, sospechando
que infiel estaba, gozando
caricias de otra mujer.
Yo escuché de su rival
los acentos desabridos, 340
y logré de mis oídos
que no me sonaran mal.
Pero ¡ay! cuando la razón
iba a proclamarse ufana
vencedora soberana 345
de la rebelde pasión,
al recordar la memoria
un suspiro de mi ausente,
se arruinaba de repente
la fortaleza ilusoria, 350
y con ímpetu mayor,
tras el combate perdido,
se entraba por mi sentido
a sangre y fuego el amor.
Yo entonces a la virtud 355
nombre daba de falsía,
rabioso llanto vertía,
y hundirme en el ataúd
juraba en mi frenesí
antes que rendirme al yugo 360
de ese hombre, fatal verdugo,
genio infernal para mí.

MARGARITA. Por Dios, por Dios, Isabel, moderad ese delirio: vos no sabéis el martirio 365 que me hacéis pasar con él.

ISABEL. ¡Qué! ¿mi audacia os maravilla? Pero estando ya tan lleno el corazón de veneno, fuerza es que rompa su orilla. 370 No a vos, a la piedra inerte de esa muralla desnuda, a esa bóveda que muda oyó mi queja de muerte, a este suelo donde mella 375 pudo hacer el llanto mío, a no ser tan duro y frío como alguno que le huella, para testigos invoco de mi doloroso afán; 380 que, si alivio no le dan, no les ofende tampoco.

MARGARITA (aparte). ¿Quién con ánimo sereno la oyera?—El dolor mitiga; de una madre, de una amiga 385 ven al cariñoso seno. Conóceme, y no te ahuyente la faz severa que ves: máscara forzosa es, que dió el pesar a mi frente; 390 pero tras ella te espera, para templar tu dolor, el tierno, indulgente amor de una madre verdadera.

ISABEL. ¡Madre mía! (Abrázanse.)

MARGARITA. Mi ternura 395 te oculté … porque debí… ¡Ha quince años que hay aquí guardada tanta amargura! Yo hubiera en tu amor filial gozado, y gozar no debo nada ya, desde que llevo 400 el cilicio y el sayal.

ISABEL. ¡Madre!