MARGARITA. ¿Me permitiréis que hable con toda franqueza?
RODRIGO. Con franqueza pregunto yo.—Hablad.
MARGARITA. Mi esposo os prometió la mano de su 485 hija única; y, por él, debéis contar de seguro con ella. Pero la delicadeza de vuestro amor y la elevación de vuestro carácter ¿se satisfarían con la posesión de una mujer, cuyo cariño no fuese vuestro?
RODRIGO. El corazón de Isabel no es ahora mío, lo 490 sé; pero Isabel es virtuosa, es el espejo de las doncellas: cumplirá lo que jure, apreciará mi rendida fe, y será el ejemplo de las casadas.
MARGARITA. Mirad que su afecto a Marsilla no se ha disminuído. 495
RODRIGO. No me inspira celos un rival, cuyo paradero se ignora, cuya muerte, para mí, es indudable.
MARGARITA. ¿Y si volviese aún? ¿Y si antes de cumplirse el término, se presentara tan enamorado como se fué, y con aumentos muy considerables de hacienda? 500
RODRIGO. Mal haría en aparecer ni antes ni después de mis bodas. Él prometió renunciar a Isabel, si no se enriquecía en seis años; pero yo nada he prometido. Si vuelve, uno de los dos ha de quedar solo junto a Isabel. La mano que pretendemos ambos, no se compra con oro; 505 se gana con hierro, se paga con sangre.
MARGARITA. Vuestro lenguaje no es muy reverente para usado en esta casa, y conmigo; pero os le perdono, porque me perdonéis la pesadumbre que voy a daros. Yo, noble don Rodrigo, yo que hasta hoy consentí en 510 vuestro enlace con Isabel, he visto por último que de él iba a resultar su desgracia y la vuestra. Tengo, pues, que deciros, como cristiana y madre; tengo que suplicaros por nuestro Señor y nuestra Señora, que desistáis de un empeño, ya poco distante de la temeridad. 515
RODRIGO. Ese empeño es público, hace muchos años que dura, y se ha convertido para mí en caso de honor. Es imposible que yo desista. No os opongáis a lo que no podréis impedir.