ISABEL (con sobresalto). ¿Qué hora es ya?
TERESA. No tardarán en tocar a vísperas ahí al lado, en San Pedro. Es la hora en que salió de Teruel don 35 Diego; y hasta que pase, mi señor no se considera libre de su promesa.
ISABEL. Sí, a esa hora, a esa hora misma partió … para nunca volver. En este aposento, allí, delante de ese balcón estaba yo, llorando sobre mi labor, como ahora 40 sobre mis galas. Continuamente miraba a la calle por donde había de pasar, para verle; ahora no miro: no le veré. Por allí vino, dirigiendo el fogoso alazán, enseñado a parase bajo mis balcones. Por allí vino, vestida la cota, la lanza en la mano, al brazo la banda, último don 45 de mi cariño. «Hasta la dicha o hasta la tumba,» me dijo. «Tuya o muerta,» le dije yo; y caí sin aliento en el balcón mismo, tendidas las manos hacia la mitad de mi alma que se ausentaba.—¡Suya o muerta! Y voy a dar la mano a Rodrigo. ¡Bien cumplo mi palabra! 50
TERESA. Hija mía, desechad esas ideas. Yo ¿qué os he de decir para consolaros? Que os he visto nacer, que habéis jugado en mis brazos y en mis rodillas … y que diera yo porque recobraseis la paz del alma y fuerais feliz ¡ay!, diera yo todos los días que me faltan que vivir, 55 menos uno para verlo.
ISABEL. ¿Feliz, Teresa? Con este vestido, ¿cómo he de ser feliz? ¡Pesa tanto, me ahoga tanto!… Quítamele, Teresa. (Levantándose.)
TERESA. Señora, que viene don Rodrigo. 60
ISABEL. ¡Don Rodrigo! Busca pronto a mi madre. (Vase Teresa.)
ESCENA II
DON RODRIGO.—ISABEL
RODRIGO. Mis ojos por fin os ven a solas, ángel hermoso. Siempre un amargo desdén y un recato rigoroso 65 me han privado de este bien. —Trémula estáis: ocupad la silla.