ISABEL. ¡Ante mi señor!
RODRIGO. Esclavo diréis mejor. Soberana es la beldad 70 en el reino del amor.
ISABEL. ¡Mentida soberanía!
RODRIGO. De mi rendimiento fiel, que dudarais no creía. ¡Si a conocer, Isabel, 75 llegaseis el alma mía!…
ISABEL. ¿Para qué? Señas ha dado que indican su índole bella.
RODRIGO. Mi destino desastrado sólo mostrar me ha dejado 80 lo deforme que hay en ella. Un Azagra conocéis orgulloso y vengativo; y otro por fin hallaréis que en vuestro rigor esquivo 85 figuraros no podéis. El Azagra que os adora, el Azagra para vos, aun no le visteis, señora; y nos conviene a los dos 90 una explicación ahora.
ISABEL. Mis padres pueden mandar, yo tengo que obedecer, nada pretendo saber: hiciera bien en callar 95 quien ha logrado vencer.
RODRIGO. El vencedor, que aparece lleno ante vos de amargura, manifestaros ofrece que sabe lo que merece 100 doña Isabel de Segura. Os ví, y en vos admiré virtud y belleza rara: digno de vos me juzgué, y uniros a mí juré, 105 costara lo que costara. Maldición más espantosa no pudo echarme jamás una lengua venenosa que decir: no lograrás 110 hacer a Isabel tu esposa. Lidiaré, si es necesario, por ella con todo el orbe, clamaba yo de ordinario. ¡Infeliz el que me estorbe, 115 competidor o contrario! En mi celoso furor cabe hasta lo que denigre mi calidad y mi honor. Amo con ira de tigre … 120 porque es muy grande mi amor. —No el vuestro, tan delicado, me pintéis para mi mengua: quizá no lo haya expresado en seis años vuestra lengua, 125 sin que me lo hayan contado. Cuantas cartas escribió Marsilla ausente, leí: él su retrato no vió, yo sí: junto a vos aquí 130 siempre tuve un guarda yo. Ha sido mi ocupación observaros noche y día; y abandonaba a Monzón siempre que lo permitía 135 la marcial obligación. Viéndoos al balcón sentada por las noches a la luna, mi fatiga era pagada: jamás fué mujer ninguna 140 de amante más respetada. Para romper mis prisiones, para defectos hallaros, fueron mis indagaciones; y siempre para adoraros 145 encontré nuevas razones. Seducido el pensamiento de lisonjeros engaños, un favorable momento espero hace ya seis años, 150 y aun llegado no lo cuento. Pero, por dicha, quizá no deba estar muy distante.
ISABEL. ¡Qué! ¿Pensáis que cesará mi pasión, muerto mi amante? 155 No, lo que yo vivirá.
RODRIGO. Pues bien, amad, Isabel, y decidlo sin reparo; que con ese amor tan fiel, aunque a mí me cueste caro, 160 nunca me hallaréis cruel. Mas si ese afecto amoroso, cuya expresión no limito, mantener os es forzoso, yo, mi bien, yo necesito 165 el nombre de vuestro esposo. No más que el nombre, y concluyo de desear y pedir: todas mis dichas incluyo en la dicha de decir: 170 «Me tienen por dueño suyo.» Separada habitación, distinto lecho tendréis…. ¿Queréis más separación? Vos en Teruel viviréis, 175 yo en la corte de Aragón. ¿Teméis que la soledad bajo mi techo os consuma? Vuestros padres os llevad con vos: mudaréis en suma 180 de casa y de vecindad. Nunca sin vuestra licencia veré esos divinos ojos…. ¡Ay! dádmela con frecuencia. Si os oprimen los enojos, 185 hablad, y mi diligencia ya un festín, ya una batida, ya un torneo dispondrá. Si lloráis…. ¡Prenda querida! cuando lloréis, ¿qué os dirá 190 quien no ha llorado en su vida? Míseros ambos, hacer con la indulgencia podemos menor nuestro padecer. Ahora, aunque nos casemos, 195 ¿me podréis aborrecer?