ISABEL. ¡Don Rodrigo! ¡Don Rodrigo! (Sollozando.)

RODRIGO. ¿Lloráis? ¿Es porque me muestro digno de ser vuestro amigo? ¿No sufrí del odio vuestro 200 bastante el duro castigo?

ISABEL. ¡Oh! no, no: mi corazón palpitar de odio no sabe.

RODRIGO. Ni al mirar vuestra aflicción hay fuerza en mí que no acabe 205 rindiéndose a discreción. Es ya el caso de manera que el infausto desposorio viene a ser obligatorio para ambos: lo demás fuera 210 dar escándalo notorio. Pero el amor que os consagro, se ha vuelto a vos tan propicio, que si Dios en su alto juicio quiere obrar hoy un milagro … 215 contad con un sacrificio. Ayer, si resucitara mi aciago rival Marsilla, sin compasión le matara, y sin limpiar la cuchilla, 220 corriera con vos al ara. Hoy, resucitado o no, si antes que me deis el sí, viene … que triunfe de mí.

ISABEL. ¡Vos, sí que triunfáis así 225
de esta débil mujer!

(El llanto le ahoga la voz por unos instantes; luego, al ver a don Pedro y a los que le acompañan, se contiene, exclamando:)

¡Oh!

ESCENA III

DON PEDRO, DON MARTÍN, DAMAS, CABALLEROS, PAJES.—
ISABEL, DON RODRIGO. Después, TERESA

PEDRO. Hijos, el sacerdote que ha de bendecir vuestra unión, ya nos está esperando en la iglesia. Tanto mis deudos como los de Azagra me instan a que apresure la ceremonia; pero aun no ha fenecido el plazo que otorgué 230 a don Diego. Al toque de vísperas de un domingo, salió de su patria el malogrado joven, seis años y siete días hace: hasta que suene aquella señal en mi oído, no tengo libertad para disponer de mi hija. (A don Martín.) Porque veáis de qué modo cumplo mi promesa, os he rogado 235 que vinierais aquí.