PEDRO. Milagro ha sido salvarlos 5 mayor que lo fué prenderlos.

MARTÍN. Y no los prenden quizá,
si no acuden tan a tiempo
los moros que de Valencia
con los regalos vinieron 10
de su Rey para mi hijo.
¡Regalos ya sin provecho!
¡Castigue Dios a quien tiene
la culpa!

PEDRO. ¡Oh! lo hará.—Primero
que vayamos esta noche 15
los dos al Ayuntamiento,
donde ya deben hallarse
juntos el Juez y mi yerno,
¿tendréis, don Martín, a bien
que los dos conferenciemos 20
un rato?

MARTÍN. Hablad.

PEDRO. Aquí está
Zulima.

MARTÍN. Bien me dijeron
los moros.

PEDRO. En esta calle arremetió con los presos un tropel de gente; y ella, 25 puesta en libertad en medio del tumulto, se arrojó por estas puertas adentro.

MARTÍN. Confesad que don Rodrigo
la salvó.

PEDRO. No lo confieso … 30
porque no lo ví.

MARTÍN Yo, en suma, no diré que fué mal hecho: él debe a la mora estar agradecido en extremo: por ella logra la mano 35 de Isabel.