ISABEL. ¿Vive?

MARSILLA. Merced a mi nobleza loca, vive: apenas cruzamos las espadas, 410 furiosa en él se encarnizó la mía: un momento después, hundido estaba su orgullo en tierra, en mi poder su acero. ¡Oh! ¡maldita destreza de las armas! ¡Maldito el hombre que virtudes siembra 415 que le rinden cosecha de desgracias! No más humanidad, crímenes quiero. A ser cruel tu crueldad me arrastra, y en ti la he de emplear. Conmigo ahora vas a salir de aquí.

ISABEL. ¡No, no!

MARSILLA. Se trata 420 de salvarte, Isabel. ¿Sabes qué dijo el cobarde que lloras desolada, al caer en la lid? «Triunfante quedas; pero mi sangre costará bien cara.»

ISABEL. ¿Qué dijo? ¿Qué?

MARSILLA. «Me vengaré en don Pedro, 425 en su esposa, en los tres: guardo las cartas.»

ISABEL. ¡Jesús!

MARSILLA. ¿Qué cartas son?…

ISABEL. ¡Tú me has perdido! La desventura sigue tus pisadas. ¿Dónde mi esposo está? Dímelo pronto, para que fiel a socorrerle vaya, 430 y a fuerza de rogar venza sus iras.

MARSILLA. ¡Justo Dios! Y ¡decía que me amaba!