ISABEL. Deja a la esclava cumplir con su señor.
MARSILLA. Será el abrazo 395 de un hermano dulcísimo a su hermana, el ósculo será que tantas veces cambió feliz en la materna falda nuestro amor infantil.
ISABEL. No lo recuerdes.
MARSILLA. Ven….
ISABEL. No: jamás.
MARSILLA. En vano me rechazas. 400
ISABEL. Detente … o llamo….
MARSILLA. ¿A quién? ¿A don Rodrigo? No te figures que a tu grito salga. No lisonjeros plácemes oyendo, su vanidad en el estrado sacia, no; lejos de los muros de la villa 405 muerde la tierra que su sangre baña.
ISABEL. ¡Qué horror! ¿Le has muerto?
MARSILLA. ¡Pérfida! ¿te afliges?
Si lo llego a pensar, ¿quién le librara?