F. Balcarce.
En su muerte, perdió nuestra patria infortunada una de las mas robustas intelijencias, un espíritu abierto á grandes concepciones.—(Comercio del Plata, núm. 142—marzo 24 de 1846.)
D. Florencio Balcarce, hijo del virtuoso vencedor de Suypacha, murió á la edad de 24 años, en Buenos Aires, ciudad de su nacimiento, el dia 16 de Mayo de 1839.
El jóven Balcarce no solo tenia un talento natural muy distinguido sino tambien mucha contraccion al estudio sério. Al examinar sus trabajos emprendidos, los libros de su pequeña biblioteca y los apuntes tomados por él en los bancos de las aulas, se advierte inmediatamente la buena direccion que daba á la cultura de su espíritu. La amena literatura no formaba su ocupacion principal, sino el empleo honesto y laudable de los momentos de descanso. En la época en que él se educaba habian declinado mucho los estudios públicos en Buenos Aires, y aspiró á beber su instruccion en mejor fuente. Quien á su edad y propensiones no sueña con las escuelas de Europa, con sus grandes bibliotecas y con el nombre de sus sábios? Balcarce pudo realizar este sueño, y partió para la capital de la Francia en Abril de 1837. Alli se propuso adquirir conocimientos jenerales, y profundizar en especial la ciencia de la filosofia por cuyos problemas manifestaba una predileccion innata. Fueron sus maestros, entre otros, los señores Saint-Hilaire, Jouffroi, Lerminier, celebridades con cuyos nombres estamos familiarizados y que entonces estaban al frente de las aulas mas concurridas de París.
El barrio latino fué la patria y el mundo esclusivo de Balcarce durante dos años seguidos; dos años que él supo duplicar en duracion por su infatigable asiduidad al trabajo y sus largas vijilias.—No iban á la par en él la robustez de su cabeza con la de los demas miembros de su cuerpo. Su cerebro, materialmente muy desarrollado, absorbia egoista la vida toda de la existencia que presidia, y llegó dia en que la atmósfera de París no fué respirable para los pulmones debilitados del jóven estudiante. Pensó entonces en los aires patrios, en el agua balsámica de su rio natal, en su familia, y vióse forzado á sacrificar á la esperanza de mejor salud la cosecha de saber que se prometia recojer madura por una larga permanencia en Europa.
Esta esperanza fué otra ilusion desvanecida. Balcarce estaba condenado á morir apenas pisase de nuevo el umbral de su casa en la calle que lleva su glorioso apellido, y á dar razon á la exactitud de este pensamiento de Ercilla:
Aquella vida es bien afortunada
Que una temprana muerte la asegura.
Por qué ¿quién puede sernos garante de que mezclado al movimiento de nuestra época, no habria naufragado en algun error, en alguna pasion, ó no se hubiese alistado en algun partido doméstico que le atrajese la enemistad de una gran parte de sus propios conciudadanos? Su temprana desaparicion de este mundo, la inocencia de sus actos hasta el momento de entregar su alma al Creador, le aseguran una memoria de amor y de simpatías entre sus compatriotas, mientras haya (y esto será por siglos) amor á la poesía en la ciudad donde fué concebido aquel injenio prematuro.