La pátria y el amor se disputan el corazon de Aimbire; la recompensa de su victoria será la posesion de la mas hermosa mujer de su raza. Habíala conocido el gefe Tamoyo en una situacion verdaderamente romántica. Recorriendo las tribus para provocar el alzamiento vá en busca del anciano Pindoburú, de cuyo brazo y consejo necesita. El Nestor del desierto acababa de enterrar á su hijo muerto á manos de los cristianos. Los hermanos y compañeros de la víctima, cabizbajos y llorosos acarrean toscos pedazos de piedra para levantarle un monumento, y el cacique sentado junto á la fosa, absorto en su dolor, apoya una de sus manos en la cabeza de su hija que solloza reclinada sobre las rodillas paternas. Esta mujer que llora y padece es Iguazú, de quien Aimbire se aficiona, seducido por sus gracias y su virtud.
Puede decirse que el poema del Sr. Magalháes es la historia de estos dos hijos de la naturaleza que nunca llegarán á ser esposos y para quienes no habrá tranquilidad ni patria. Esta idea del poeta es acertada. Haciendo pasar á estos dos interesantes personages por todas las visicitudes de la guerra y de las modificaciones ocasionadas en torno de ellos por la civilizacion y la relijion cristiana que adelanta su conquista, ha logrado mantener cierta unidad de accion de que careceria una obra cuyo carácter es descriptivo y concebido con la idea de idealizar algunos rasgos aislados de las costumbres primitivas, trazadas sobre el fondo pintoresco y sublime de una naturaleza que dejará siempre atras al pincel mas diestro y á la poesia mejor inspirada. De este modo aumenta tambien el interés del lector porque es propension humana tomar mayor parte en los dolores individuales que en las catástrofes colectivas por grandes y célebres que sean los pueblos ó asociaciones de hombres que las esperimenten. En medio de las llamas de Troya no distinguirá la posteridad sino á la familia de Priamo, y uno de los cuadros mas patéticos de la epopeya antigua será siempre el que presenta el hijo de Anquises seguido de su esposa y doblado bajo el peso de sus penates.
Hemos visto ya quien era Aimbire; veamos ahora bajo que aspecto se nos presenta su querida.
El ejército de los Tamoyos está en marcha: es la madrugada. Los guerreros sacuden las cabezas emplumadas para espantar al sueño y la pereza, remedando un campo sembrado de cañas silvestres que se erguien, pasado el viento que las dobló. Sobre la cumbre de una eminencia, Iguazú, contemplativa, derramando en ondas fluctuantes el cabello, vé desaparecer á lo lejos aquel ejército al que van incorporados sus deudos y á cuyo frente camina Aimbire. Ya trepan una colina, ya descienden á un precipicio, finjiendo los guerreros á la distancia arbustos débiles en medio á los robustos troncos de la selva. La melancolía la tiene aprisionado el corazon. En los verdes ramos de un árbol inmediato, el saibá, el ruiseñor del Brasil, modula canciones de amor y de dulces recuerdos.—“Canta, la dice entonces el poeta, canta, vírjen del bosque, vírjen de ojos negros, bella Iguazú. El canto que desde el alma se levanta al cielo, mitiga inmediamente las angustias del corazon que llora. Acompaña al dulce saibá que te convida.”
La hija del desierto prorrumpe en estas endechas:
Vedme aqui sola de mi padre ausente,
ausente del querido bien amado;
como tórtola viuda solitaria
en desierto arenal su mal llorando.
Hasta hoy estaba de mi padre al lado,