jénios que contestais á mis acentos,
id y al amante murmurad al oido
que esta su ausente de tristeza muere.
Los ecos repitieron: muere! muere!
Esta última palabra resonó largo tiempo. La jóven suspendió su canto y repitió en voz baja el estribillo de los ecos como si la asaltara algun presentimiento. Enjuga sus negros ojos cansados de llorar; pero vuelven á brotar las lágrimas que le caen como lluvia de perlas sobre el seno tostado, asi como gotea abundante la linfa pura de la hendida Taboca. El saibá se entristeció al oirla modular quejosas é interrumpidas notas, y como si obedeciese á un mandato secreto apagó sus trinos. Tal vez juzgándose vencido, hizo silencio para aprender nuevas armonias; no pudiendo rivalizar con la voz de aquella criatura humana. “Quien presume conocer bastante (observa el poeta) los instintos de semejantes seres y los misterios íntimos de la vida, para afirmar ó negar estas apariencias”?
Parece que en este rasgo tradujese el Sr. Magalháes aquellos conocidos versos del epílogo de la Cautiva:
Quizá los sueños brillantes
De la inquieta fantasia,
Forman coro en la armonia
De la invisible creacion.