Si cuando las mujeres de nuestros querandies se entraban con sus recien nacidos á las aguas del Plata, hubiesen ocupado sus varones el lugar que dejaban en el hamaca, no esperimentariamos por ellos profunda simpatía, ni les ofreceriamos (como lo hacemos ahora) a la juventud bonarense como dignos de la resurreccion que sabe dar el injenio á los pueblos estintos que solo viven en los anales de la historia.
El Sr. Magalhaes ha hecho con su poema un servicio á las letras americanas, dando una prueba mas, entre las poquísimas que existen, de la posibilidad que hay de interesar el sentimiento y la imajinacion con nuestras crónicas primitivas, dándolas por fondo las peculiaridades de nuestra espléndida naturaleza. Es por esta razon que hemos escrito la presente noticia, sintiendo no haber contraido á ella mayor estudio y meditacion. El Sr. Magalháes puede con mas razon que su compatriota el autor del poema Uraguay, decir al suyo: ¡serás leido! Lo será en todas partes. Para sus paisanos será no solamente un poema sino una buena accion.
Bajo estos dos aspectos recomendamos tambien su lectura á la jeneracion jóven de Buenos Aires que hoy se prepara para ilustrarlo en un dia proximo con las producciones de su espíritu privilejiado.
EL Dr. D. TEODORO M. VILARDEBÓ.
Como si estuviese dotada de un instinto infernal de dominacion, la fiebre pestilente acaba de conseguir victoria sobre uno de sus mas denodados é intelijentes adversarios. El jeneroso orgullo del que se consideraba fuerte por la ciencia, ha sido castigado por la mano misteriosa de la naturaleza. El Dr. Vilardebó ha muerto de la fiebre amarilla en la noche del Sábado al Domingo 29 de Marzo último, á la cabecera de los enfermos, esforzándose por tranquilizar los ánimos aterrados por la secreta y rápida circulacion de la muerte, como espira gloriosamente el guerrero al pié de su bandera.
En medio del silencío egoista que se apodera de las poblaciones azotadas por la peste, no han faltado en Montevideo ecos que repitan el dolor especial causado por la muerte de aquel hombre distinguido.
El Dr. Vilardebó habria sido estimado en cualquier parte del mundo por sus luces, por su noble carácter, por su constante devocion á las ciencias y al estudio; pero en esta parte de América donde tan pocos de sus hijos se consagran por puro amor, por irresistible vocacion al cultivo de los conocimientos recónditos que tienen por base la observacion y cálculo, era una especie de escepcion y un objeto de orgullo para los hombres de su propio orijen.