Fijándonos en la escultura no deja de observarse, aun en las mejores obras que decoran los templos, que el sentimiento de la naturaleza era todo. La idea de Dios no inspiraba al artista americano. Sin género de duda podemos afirmar que el arte escultural en las Indias hizo pocos, muy pocos adelantos. En Tiahuanaco se han encontrado una estatua de granito y una cabeza de pórfido, resultando las dos paralelepípedos y prevaleciendo en las dos la línea recta. Cerca de Cajabamba se halló otra escultura de granito que representaba un hombre en cuclillas y en actitud de orar; pero aunque sea como las de Tiahuanaco, se nota que el artista hizo esfuerzos para redondear las formas de la cara, lo cual ya es un progreso digno de alabanza. Superior es, sin duda, el arte escultórico entre los muiscas, como se muestra por las estatuas y relieves hallados en el fondo de un bosque, cerca de Timana, donde comienza el valle del río Magdalena.

Escultura en las ruinas de Copán.

En Nicaragua la escultura reprodujo mejor al bruto que al hombre, y del hombre, lo mejor la cabeza. En Copán (Honduras) participó el arte escultórico del de los muiscas y del de Nicaragua. Los monumentos de Quisigua son inferiores a los de Copán. Los de Yucatán recuerdan a Tiahuanaco en las máscaras que adornan el frontis de uno de los edificios de la casa de las Monjas, a Nicaragua en las fauces de fiera que sirven como de tocado a ciertas figuras de Nohpat, y a los muiscas en el remedo de las facciones humanas. Los relieves escultóricos del gimnasio o juego de pelota de Chichén-Itzá (Yucatán), son más artísticos que los de Copán y Tiahuanaco. La influencia de la bárbara religión azteca en la escultura de México, produjo monstruos y no estatuas. Otros relieves que encontramos en diferentes puntos de México son inferiores a los del gimnasio de Chichén-Itzá. Llegó la escultura en Palenque del mismo modo que la arquitectura a un relativo apogeo. No labró muchas estatuas; pero sí figuras de relieve, las cuales hizo de piedra o de estuco. Los relieves del palacio de la gran pirámide consisten en figuras de granito, casi todas de mujer, altas de tres metros, unas de pie y otras de rodillas, desnudas de la cintura arriba, y de la cintura abajo con faldas o con un maxtli suelto. Estas figuras, tal vez copias de una raza que ha desaparecido, tienen deprimida la frente, corva y grande la nariz, salientes y gruesos los labios. Lo mejor modelado de ellas es la cabeza; pero de todos modos son inferiores a las de estuco. Es evidente que los artistas de Palenque no sabían hacer en piedra lo que en estuco. En el templo de la Cruz se hallan relieves en piedra mejores que los anteriores, aunque tal vez inferiores a los del Sol. La figura que ha dado nombre al templo del Relieve es sumamente bella. Así la describe Pi y Margall. «En almohadón riquísimo—dice—puesto sobre un banco a que sirve de pies y brazos un monstruo de dos cabezas, está gallardamente sentada una graciosa joven, vueltos a un lado los ojos, alzada la mano zurda, con la diestra señalando, el pie izquierdo en la almohada y el otro caído sin que apenas roce con el banco la punta de los dedos. Ciñe esta joven un casco parecido al gorro frigio, del que sobresalen revueltas plumas, viste una camiseta que no le cubre la mitad del pecho, y luce un medallón suspendido de un collar de finas perlas; tiene prendida al cinto una corta falda y una sobrefalda que cae sobre el almohadón en airosos pliegues; ostenta en los brazos anchas ajorcas y calza no menos elegantes sandalias que las de la otra figura»[274]. Esta es—añade dicho escritor—la obra maestra de la escultura en América. Por último, entre los zapotecas, mixtecas y tarascos la escultura sólo creó monstruos, aunque de excelente ejecución, tales como la cabeza del dios Ocelotl de Mitla, el vaso cinerario de Tlacolula y la urna Ocelotl de Xochixtlahuaca.

Por lo que a la pintura se refiere, era ésta polícroma. También es cierto que los mejicanos y peruanos hacían uso de la pintura mural. El historiador Cieza vió brutos y aves pintados en las paredes de las fortalezas de Huarco y Paramanga, y Charnay descubrió en Tula una casa tolteca, en cuyas paredes pintadas de blanco y rojo sobre fondo negro halló caprichosas figuras. Por espacio de muchos años se han podido contemplar en los muros del Juego de Pelota de Chichén-Itzá pinturas de costumbres de los mayas en diferentes colores (rojo, amarillo, verde y azul).

En algunos códices se ven pinturas de varios colores, siendo las más perfectas las de los códices Borjiano y Vaticano; pero estéticamente consideradas, lo que se llama verdadera pintura, no la hubo en América. Se sabía dibujar, no pintar. Refiere Garcilaso—no sabemos con qué fundamento—que el inca Viracocha hizo pintar en lo más elevado de alta peña dos condores: el uno, abiertas las alas y mirando al Cuzco; el otro, recogidas las alas y baja la cabeza.

Dibujo propiciatorio.
(Pueblos).

Por tanto, puede afirmarse en el terreno de la estética que ni los arquitectos, ni los escultores, ni los pintores dieron señales de gusto y de conocimientos de la belleza. Dígase lo que se quiera por los apasionados defensores de las bellas artes americanas, aun las de los pueblos más adelantados, carecían de la hermosura, gracia e inspiración de las griegas, romanas y cristianas.

Cultivóse la música con algún entusiasmo entre algunos pueblos de América, distinguiéndose especialmente los mejicanos y peruanos. Sin embargo, sólo sirvió como auxiliar del canto y del baile. Respecto a la música de los haravies del Perú, dominaba en ella—según anónimo escritor—melancólica monotonía que nacía de su vaga tonalidad y de su constante terminación en notas bajas. La música azteca—escribe el señor Chavero—revelaba el carácter belicoso del pueblo y en los cantares de la muerte parecía a veces lluvia de lágrimas.