Para terminar el estudio de los monumentos del Perú, añadiremos los siguientes: el palacio de Manco Capac, que se levanta en una de las islas del gran lago; la casa de las monjas o vírgenes dedicadas al culto del Sol; las tumbas que se encuentran en el camino que va del Cuzco a Sinca, y las murallas ciclópeas del mencionado Cuzco[271]. Los citados edificios están hechos de piedra y nada tienen de madera, siendo de notar la absoluta carencia de ornamentación. No es esto decir que en el imperio de los incas se desconociera el adorno, pues rica decoración se manifiesta en las ruinas del palacio de Chimu, en las de Hatuncolla y en otras, hallándose también muchos objetos profusamente decorados; pero en el citado palacio de Manco Capac y demás monumentales, la sobriedad de líneas no puede ser mayor. Tales construcciones guardan completa semejanza y aun pudiéramos decir igualdad con las griegas arcaicas y etruscas, hechas seis siglos antes de la era cristiana.
Las murallas del Cuzco pertenecen al mismo sistema de construcción que las de Mycena, Cremona, Tarragona y otras fundadas por etruscos y griegos. Aquéllas y éstas se hicieron con grandes bloques de piedra de forma irregular, colocadas en hileras de desigual altura, y con los huecos llenos de piedras pequeñas, para igualar, aunque con poco arte, los planos del muro. A semejante construcción se llama poligonal, por los muchos lados que presentan los bloques, los cuales se usaban como salían de las canteras. Generalmente, esta clase de obra se empleaba en la base del edificio, continuando sobre ella la fábrica con sillares labrados, «aunque desiguales también en longitud y altura, y no falta alguno que otro ejemplo en que los sillares afectan ya la forma rectangular, colocados en hiladas iguales, con las uniones verticales dispuestas de manera que caigan en los centros de los rectángulos, o sea, adoptando el perfecto sistema de este género de obras, el opus quadratum de los romanos, que no ha variado después»[272].
Lo mismo en puertas, ventanas y otras perforaciones de los muros de muchos edificios, se emplea la forma de trapecio, de igual manera que aparece en los antiguos restos de Etruria.
Si en algunos edificios del Nuevo y del Viejo Mundo hay semejanzas arquitectónicas, existen otros en el Perú, donde brillan en todo su esplendor la originalidad y fantasía de aquellas gentes, como son los del lago de Umaya, los de Cacha, de Palca, de Chimu, de Hervai, de Cajamarquilla y de Quisque.
Ocurre preguntar: ¿Cómo bloques tan grandes, no siendo conocida la mecánica, se pudieron traer de distancias tan considerables? ¿Cómo no fueron labradas las piedras, si se conocían los instrumentos indispensables para dicho trabajo? ¿Por qué se les dió tanta consistencia, si las armas en aquellos tiempos eran únicamente flechas? Había piedras en el castillo de Cuzco que tenían de anchura 16 pies y altas más de 13. Las había de 36 de altura por 24 de anchura. Las había anchas de 6 pies, altas de 22 y largas de 50. Debieron llevarse arrastrando a través de cerros y ríos, y en las pendientes rápidas emplearían muchos hombres, ya para empujarlas, ya para impedir que se desprendiesen al fondo de los barrancos. Dicha fortaleza tenía tres murallas por la parte del campo y una por la de la ciudad, la cual se hallaba construída—según Garcilaso que la vió—con piedras labradas y regulares como las del templo de la misma ciudad de Cuzco. Por lo que respecta a la consistencia extraordinaria de sus fortalezas cuando sólo se conocían las flechas, no acertamos a dar satisfactoria explicación.
Consérvanse en el Museo Antropológico de Madrid algunas curiosas antigüedades peruanas.
En Bolivia, las primitivas bellas artes de los indios aymeraes estaban reducidas a las chullpa (casita pequeña de piedra) y a las pucanas (montecillo fortificado con varias zonas de gruesas piedras); sobre ellas estaba una chaca o un templete construído con muros de piedra cubiertos con grandes losas.
En Guatemala, Nicaragua y en algunos otros países de América se cultivaron las bellas artes. Afirman algunos escritores que en Yucatán estuvo el apogeo del arte americano, y añaden que allí la tendencia al arco era manifiesta.
Por lo que a escultura y pintura respecta, siempre encontramos—como escribe Navarro Lamarca—la misma rigidez de líneas, la misma tosquedad de factura, el mismo afán de imitación grosera, la misma falta de espontaneidad e idealismo[273].