En tiempo de guerra, los jefes militares tenían absoluta autoridad en la tribu. Durante la paz todos quedaban sometidos al Sachem, o lo que es lo mismo, los jefes civiles dirimían las contiendas entre los individuos del clan o linaje. Cuando no podían resolverlas, las elevaban al Consejo, tribunal superior que también tenía la misión de resolver las cuestiones de interés general. Estaba formado dicho Consejo por los principales jefes o delegados de los clanes.
«Las tribus criks o muscogis se hallaban divididas en nueve clanes: el del Tigre, el del Viento, el del Oso, el de la Zorra, el del Lobo, el de la Raíz, el del Pájaro, el del Ciervo y el del Cocodrilo; las iowas, en ocho: el del Aguila, el de la Paloma, el del Lobo, el del Alce, el del Oso, el del Castor, el del Búfalo y el de la Serpiente; las iroquesas, en tres: el del Lobo, el de la Tortuga y el del Oso; las huronas, en otras tres: el de la Cuerda, el del Oso y el de la Roca...»[222].
Más adelante añade: «Tenía generalmente cada uno de los clanes por nomen el del animal o el de la fuerza que miraba como su origen o como el nahual o el nombre del fundador de la estirpe: por totem, la representación gráfica de ese mismo animal o de esa misma fuerza. Sólo entre los iowas el totem estaba en la manera de llevar el cabello.»[223]
La unión, pues, de varios clanes formaba la tribu. La nota característica de la tribu, según todas las señales, consistía principalmente en tener la misma lengua o dialecto. En general, las tribus no tenían jefe supremo, sino el Consejo antes citado. A veces, tribus afines, ante el temor de agresiones de tribus extrañas, se unían para su protección y defensa. Tal fué seguramente el origen de las Confederaciones Tribales, institución propia y característica de los aborígenes de América. Las Confederaciones más conocidas fueron la azteca y la iroquesa; también las de los mokis y de los dakotas.
El matrimonio entre los indios se celebraba por medio de ciertas ceremonias religiosas; se consignaba por escrito la dote que aportaba la mujer. Consideraciones económicas influían en la forma del matrimonio, pudiendo afirmarse que en los países en que la vida era ruda y difícil, el indio se contentaba con una sola mujer; en los climas cálidos y tierras fértiles existía la poligamia. En la América Septentrional predominaba la monogamia y en la Meridional la poligamia, siendo de notar que lo mismo en la primera que en la segunda dependía la duración del matrimonio de la voluntad o del capricho de los contrayentes. Habremos de advertir que en algunos pueblos predominaba la monogamia por la escasez de mujeres; admitíase en otros la poligamia por la abundancia de aquéllas. El esquimal llegó a recurrir a la poliandria en las grandes carestías de hembras. Lo predominante en América era la poligamia. El varón solía tomar las mujeres o concubinas que le consentían sus riquezas o que le exigía el apetito. En general, la mujer gozaba de alguna estimación en las tribus en que predominaba la monogamia y el matriarcado, siendo considerada como esclava en aquellas tribus en que se hallaba establecida la poligamia, como también entre los salvajes. Lo mismo en los pueblos agricultores, que en los cazadores y que en los nómadas, la mujer era la bestia de carga de la familia. Se le hacía trabajar continuamente, y gracias podía dar si no era objeto de malos tratamientos. El marido la despreciaba, y con harta frecuencia la ofrecía a sus huéspedes. Gozaba de más consideración en las razas cultas, aunque no de menos trabajo. Lo mismo en México que en el Perú, ella hilaba y tejía la lana o el algodón, ella iba al mercado y cambiaba por las cosas necesarias a la vida los productos del trabajo de su marido.
Castigábase el adulterio casi en todas las tribus, si bien con más rigor en unas que en otras. En las razas cultas—y en ello están conformes todos los escritores—lo mismo entre los aztecas que entre los incas, no reinaba la blandura ni la justicia. Lo que no se consentía en modo alguno ni en uno ni en otro pueblo era que el marido se tomase la justicia por su mano. Aunque cogiese a la adúltera en flagrante delito, estaba obligado a llevarla ante los tribunales. Blandos con los adúlteros fueron los hurones, patagones, charrúas, los pueblos de los llanos del Orinoco y los nicaraguatecas. Los hurones, partidarios del amor libre, nada les importaba la infidelidad; los patagones devolvían la mujer adúltera o la vendían al amante; los charrúas sólo maltrataban a los criminales de palabra; los indígenas de los Llanos buscaban la venganza en pagar ofensa con ofensa, y el nicaraguateca despedía a la culpable y la condenaba a viudez perpétua; pero entregándole el dote. Los divorcios eran frecuentes. En casi todas las razas salvajes, no sólo el adulterio se consideraba motivo de divorcio, sino la diferencia de caracteres, el capricho. Entre las razas cultas existía también, aunque no con tanta frecuencia. Acerca de los hijos puede asegurarse que la lactancia era larga. Cuando el niño llegaba a la pubertad recibía su nombre, hecho que tenía no poca importancia. Declarado adulto, si en unas tribus seguía el padre gozando de autoridad absoluta, en otras recobraba el hijo completa libertad de sus acciones, hasta el punto que nada tenía que ver desde entonces con sus progenitores.
Los ancianos (exceptuando los shamanes, adivinos, etc.), que no servían para la guerra ni para la caza, eran mirados por su tribu como pesada carga, siendo muertos con frecuencia violentamente.
Respecto a las viviendas no conocieron algunas tribus más abrigo que el de los bosques. Otras tribus se contentaban con cubrir la tierra con verde follaje. Se defendían del sol colocándose a la sombra de los árboles, de los barrancos y de las rocas, y del viento levantando parapetos de piedra o de brozas, y también en reductos de fagina. Cuando arreciaba el frío, se metían en cuevas o en hoyos; si estaban enfermos, en bajas y miserables chozas. Otros salvajes hacían de paja sus viviendas; algunos doblaban unas pocas ramas, las cuales metían en el suelo por los dos cabos y encima de ellas echaban pieles; no pocos metían en el suelo y a corta distancia palos, sobre los cuales tendían pieles de huanaco.
Constituían verdadero adelanto otras viviendas. Con gruesos postes o troncos de árbol se formaban buhíos poliédricos, hasta el arranque del techo; desde el arranque del techo hasta el remate eran cónicos. Hallábase formada la armadura del techo por varas o palos delgados que partían de las soleras de los troncos y convergían a un largo madero hincado en el centro de la casa, cubriéndose los intersticios por cañas sobre las que se extendían luengas pajas, hojas de palmera o de bihao. También algunos buhíos eran cuadrilongos y tenían modestos zaguanes. Había pocas puertas sin jambas, y ninguna sin dintel. Tribus más adelantadas labraban los postes de sus paredes y las vigas de sus techos; entre las vigas y entre los postes colocaban tablas de cedro que podían levantar y bajar a su capricho. Era cosa corriente que algunas tribus tuviesen sus viviendas en alto y otras bajo tierra o subterráneas. Lo que verdaderamente llamó la atención de los europeos, fué las casas de hielo de los esquimales, de forma semi-esférica. Muros, ventanas, puerta, muebles, todo era de hielo. Maravilla más todavía la fábrica de las casas-pueblos, casas de dos, tres, cuatro y hasta más pisos, cuya elevación no bajaba de 40 pies, de longitud 300 y de anchura 120; muchas con grandes voladizos, y todas, en particular en los pisos inferiores, tenían una especie de galerías o azoteas, que cerradas por pretiles, servían de miradores en la paz y de baluarte en la guerra. Componíanse dichas casas, ya de piedra y barro, ya de adobes y ya de argamasa, que era una mezcla de carbón, ceniza, junco y tomillo con tierra y agua[224].
En México, las casas de la plebe estaban hechas de barro y piedra, de árboles, de cañas, cubiertas por heno, por hojas del maguey o del áloe. Las de los hombres principales estaban hechas de piedra y cal y las techumbres de madera de cedro, ciprés, abeto o pino; en general se hallaban formadas dichas casas de dos pisos, y en los dos había jardines; también zaguán, patio, azotea, granero, baño, oratorio, aposento para las mujeres, aposento para los hombres y una o dos entradas formadas por un cancel de cañas, pues puertas no se colocaba ninguna. En el Perú eran de piedra bien labrada las del Cuzco y las de los pueblos de la serranía; de adobes, las de los Llanos; en general, sólo tenían un piso y el techo de estera o paja. Muchas habitaciones, únicamente se encontraban en las casas de les curacas y de los incas. Sin embargo de la pobreza, las viviendas de muchas razas salvajes presentaban pintoresco conjunto. Estaba casi siempre el hogar en medio de la casa, debajo del agujero que se dejaba en el techo para la salida del humo; alrededor de las paredes corrían las camas, que consistían en sencillos petates o en zarzos y tarimas. Colgaban del techo carne o pescado hechos cecina o mazorcas de maíz; de los muros, aquí armas, allí adornos o galas de hombres y mujeres; en el sitio más visible de la casa cabezas de ciervos o de búfalos. La suciedad más grande, lo mismo en las personas que en las cosas, era frecuente en el hogar salvaje.