Desde entonces el gobierno de Madrid, abandonando toda vacilación, se alió con Napoleón Bonaparte. Aprovechándose Miranda del rompimiento de relaciones entre España e Inglaterra, se dirigió al ministro Pitt para interesarle en sus planes. No habiendo sido atendido, Miranda intentó ganarse a los Estados Unidos, donde adquirió algunos recursos. Pudo al fin hacer rumbo a las costas de Ocumare, y desbaratado, se vió en peligro de caer prisionero de los españoles. Por lo que respecta a Sir Home Popham, comodoro, diputado y confidente del jefe del Gabinete, se encargó del mando de una escuadra que debía conducir 5.000 hombres a las órdenes de Sir David Baird, con el objeto de emprender la conquista de la colonia del Cabo de Buena Esperanza (Africa del Sur), perteneciente a los holandeses. Popham y Baird partieron en el otoño de 1805, llegaron al Cabo en los comienzos de 1806 y se apoderaron fácilmente de la colonia. Después Popham, espíritu emprendedor y aventurero, comenzó a recordar los ofrecimientos de Miranda, decidiéndose a marchar a América y emprender la conquista de todo el Río de la Plata. Intentó—como era natural—atraerse a Baird; pero cedió al fin el jefe superior del Cabo, no sin manifestar que la colonia quedaría desamparada llevándose el comodoro las fuerzas que pretendía sacar y que necesitaba para sus empeños. En cambio, el brigadier Beresford, segundo jefe de la colonia, se prestó gustoso a seguir a Popham, pensando que la Gran Bretaña ganaría en aquella empresa lucro y gloria. Popham pudo conseguir que Baird pusiera a disposición de Beresford el regimiento 71 de higlanders, un destacamento de artilleros y algunos dragones desmontados, y él, con las fragatas Diadema, Raisonable y Diomedes, las corbetas Leda, Narcisus y Encounter y cinco transportes, se dió a la vela para Santa Elena a últimos de abril de 1806, en cuya isla recibió el socorro de 150 infantes y 100 artilleros con dos obuses. Las fuerzas de Beresford, unidas a las de Santa Elena, hacían 1.600 hombres de desembarco, a los cuales podían unirse, en caso de peligro, 800 de la escuadra. En los primeros días de mayo salió Popham de Santa Elena y se dirigió al Plata.
El virrey, marqués de Sobremonte, que estaba muy confiado en que las posesiones del Río de la Plata nada tenían que temer de los ingleses, cuando menos lo esperaba, se presentó Popham delante de Buenos Aires (25 junio 1806). Después de débil resistencia, el 27 entró el enemigo en Buenos Aires y tomó posesión de la fortaleza. Huyó cobardemente el virrey, teniendo la Audiencia y el cabildo que capitular. Buenos Aires prestó juramento de obediencia al rey de Inglaterra, y el cabildo quedó encargado del gobierno civil. Los planes de Miranda se habían cumplido.
No gozaban los ingleses de simpatía en Buenos Aires. Mirábanse con desconfianza conquistadores y conquistados. Entre los últimos se tramó vasta conjuración dirigida por D. Martín de Alzaga, rico español, D. Felipe Sentenach, ingeniero, y otros. Reuniéronse los conjurados en Perdriel, y allí fué a atacarles (1.º de agosto) Beresford, al frente de una columna de 450 hombres y seis piezas de artillería. Los conjurados sufrieron una derrota, sin embargo de que la caballería estaba mandada por el valeroso jefe Juan Martín de Puigrredón. Murieron tres soldados y cuatro heridos del ejército de Beresford. Cayeron en poder de los enemigos cinco prisioneros, la artillería y papeles importantes.
Montevideo se preparó a luchar con los ingleses. El gobernador Ruiz Huidobro, que era hombre de más valor que el marqués de Sobremonte, no sólo estaba dispuesto a defender a Montevideo, sino creíase con fuerzas para intentar la ofensiva. El pueblo le animaba para que emprendiese la reconquista. Empujado por la opinión reunió el cabildo el 5 de julio, y pocos días después una junta de guerra; ambas corporaciones se manifestaron decididas a la reconquista. El cabildo, invistiéndose de atribuciones que no le pertenecían, declaraba el 18 de julio lo siguiente: «Que en virtud de haberse retirado el virrey al interior del país, de hallarse suspenso el Tribunal de la Real Audiencia y juramentado el cabildo de Buenos Aires, era y debía respetarse en todas las circunstancias al gobernador D. Pascual Ruiz Huidobro como jefe supremo del continente, pudiendo obrar y proceder con la plenitud de esta autoridad, para salvar la ciudad amenazada y desalojar la capital del virreinato.» El virrey, marqués de Sobremonte, que desde Buenos Aires había tomado camino de Córdoba, apareció a la sazón con una circular a todas las provincias, pidiéndoles contingentes para el ejército que preparaba con destino a la reconquista de Buenos Aires y dándoles aviso de que se hallaba al frente de 1.500 hombres de milicias, esperando además otros 2.000. El gobernador de Montevideo recibió el citado documento junto con un oficio del 18 de julio, en que el virrey le ordenaba desprenderse de la tropa veterana y artillería de campaña, remitiéndosela inmediatamente. Ruiz Huidobro, cuya situación era sumamente delicada, contestó respecto a la circular que «había tenido por conveniente suspender su publicación, por hallarse autorizado por el cabildo de Montevideo para la reconquista»; y en cuanto a la tropa pedida «no podía enviársela, pues debía marchar en la expedición.» El virrey mostró una vez más su debilidad aprobando la expedición, añadiendo «que si en la demora no hubiese peligro, esperase Ruiz Huidobro los refuerzos que él debía llevarle; pero que si temiese perder la oportunidad del ataque y se conceptuase con bastante seguridad, procediese en consecuencia»[625]. El elemento militar y el marino, los ciudadanos ricos y pobres, todos ayudaron al gobernador de Montevideo en su obra patriótica. El comercio dió señaladas pruebas de una generosidad digna de alabanza. Entre los nombres de los donantes y prestamistas—prestamistas que dieron su dinero sin interés ni plazo para su reembolso—se hallaban D. Francisco Antonio Maciel, padre de los pobres, D. Manuel Diago, D. Faustino García y D. Miguel Antonio Vilardebó.
Por entonces llegó una carta de D. Santiago Liniers, capitán de navío y jefe que había sido de la ensenada de Barragán, ofreciéndose a reconquistar la capital, si le daban 500 hombres de tropas escogidas. La Junta de guerra oyó a Liniers, quien repitió lo que antes había dicho; pero aquélla continuó prestando todo su apoyo al gobernador de Montevideo. Nuevamente se reunió la Junta y esta vez con asistencia también de Liniers, tomándose el acuerdo de que éste, llevando como segundo al capitán de fragata D. Juan Gutiérrez de la Concha, se dirigiese a libertar a Buenos Aires, en tanto que Ruiz Huidobro permanecería en Montevideo para defender la ciudad. El 22 de julio de 1806 recibió Liniers la orden de marcha, y en ella se le decía lo siguiente: «Quedo muy satisfecho que los conocimientos militares de V. S., su celo por la religión, por el mejor servicio del Rey, y su amor a la patria, le proporcionarán la indecible satisfacción de libertar aquel pueblo de la opresión en que se encuentra afligido, y volverlo a la suave dominación de nuestro amado soberano, libertando por ese medio a todo el virreinato, expuesto a caer en igual desgracia, si subsistiendo el enemigo en la capital, recibe refuerzos como es de esperar.» El 23 desfilaron las tropas por el Portón de San Pedro (hoy calle de 25 de Mayo). A los cuatro días siguientes, aprovechando la obscuridad de la noche, salió la escuadrilla compuesta de cinco zumacas y 17 lanchas cañoneras, fondeando en Colonia el día 28. Entre tanto Liniers había llegado el 23 a Canalones, el 26 vadeó el Santa Lucía, el 27 llegó a Rosario y el 28 a Colonia, encontrándose con la flotilla que ya estaba allí. Al poco tiempo llegó a Colonia Puigrredón manifestando que no esperasen socorro alguno de Buenos Aires, a causa del desastre ya citado de Perdriel. Liniers respondió: «No importa; nosotros bastamos para vencer a los ingleses,» palabras que produjeron el mayor entusiasmo entre los circunstantes y que se repitieron después entre los soldados. El día 3 de agosto las tropas se embarcaron en la escuadrilla, el 4 fondeaba el convoy dentro del puerto de las Conchas, y poco después desembarcó la tropa y la artillería. Dirigióse Liniers al general inglés, y en el oficio se hallan las siguientes palabras: «La justa estimación debida al valor de V. E., la generosidad de la nación española y el horror que inspira a la humanidad la destrucción de hombres, meros instrumentos de los que con justicia o sin ella emprenden la guerra, me estimulan a dirigir a V. E. este oficio, para que impuesto del peligro y sin recursos que se encuentra, me avise en el preciso término de quince minutos, si se halla dispuesto al partido desesperado de librar sus tropas a una total destrucción, o al de entregarse a la discreción de un enemigo generoso.» Beresford contestó: «que se defendería hasta el caso que lo indicase la prudencia»[626]. Comenzó Liniers el ataque ocupando la plaza del Retiro, no sin batir al mismo Beresford, quien perdió unos 30 hombres, entre ellos al capitán de su artillería. El día 11 Liniers, preocupado porque Popham se hallaba allí haciendo contínuas señales a la plaza, fingió un ataque a la escuadra enemiga. En seguida se decidió a atacar a Buenos Aires por tierra y por mar al mismo tiempo. El día 12, después de oir la opinión de Concha y de otros, Liniers se decidió a ordenar el avance inmediato de todo su ejército. Por todas partes se oían las palabras de ¡Avancen! ¡Avancen! y con entusiasmo loco se dirigían todos al sitio de mayor peligro. Las seis divisiones en que dividió el ejército, penetraron cada una de ellas por las calles de la Merced, Catedral (hoy San Martín), Torres, Cabildo, Santo Domingo y San Francisco, las cuales conducían a la Plaza Mayor. Llegaron a dicha plaza. Beresford, rodeado de los suyos, bajo el arco grande de la Recoba, dirigía las operaciones. Entonces D. Benito Chain, con las fuerzas de infantería que mandaba, se lanzó derecho al arco grande de la Recoba, mientras se retiraba el jefe inglés, que ya había perdido a su secretario Kennet, al teniente Michan y cinco oficiales gravemente heridos. Beresford entró en la fortaleza y considerándose vencido, mandó enarbolar la bandera de parlamento. Rindióse el general inglés a discreción, izándose en seguida la bandera de España en la fortaleza. Beresford se presentó a Liniers, quien, en vez de tomar la espada que le ofrecía el vencido, le abrió los brazos y le felicitó por su valerosa defensa. Veintidós días duró aquella gloriosa campaña militar: el 23 de julio de 1806 salieron las tropas españolas de Montevideo y el 12 de agosto rindieron sus armas los ingleses. Inmensa fué la alegría de Buenos Aires y muy especialmente la del cabildo. También se hallaba satisfecho Ruiz Huidobro; y el virrey Sobremonte, desde Acevedo, felicitaba al cabildo por la parte que la corporación popular tuvo en la reconquista.
Poco tiempo duró la cordialidad entre vencedores y vencidos. Liniers, con una ligereza censurable, después de la rendición, puso su firma en el texto inglés de una capitulación antidatada, por la cual concedía el libre regreso a Inglaterra de Beresford y sus tropas. Arrepentido Liniers, al suscribir la versión española del documento, puso las palabras en cuanto puedo, antes de su firma. Provocó el asunto contestaciones escritas entre Liniers y Beresford, decidiéndose al fin que pasase el asunto al gobernador de Montevideo. Liniers, por enfermedad cierta o fingida, dejó el mando a Gutiérrez de la Concha el 29 de agosto. Además de la apelación indicada, llegó otra a Ruiz Huidobro de parte de Popham, el cual se quejaba de la conducta de Concha, pues—según el comodoro—el sucesor de Liniers, no respetando los pactos, había intimado a los transportes ingleses fondeados en las valizas de Buenos Aires el inmediato abandono de ellas. Ruiz Huidobro se puso al lado de los suyos y no de la justicia.
Otro asunto vino a echar leña al fuego de las discordias. Ruiz Huidobro y el cabildo de Montevideo, reclamaron, con fecha 22 de agosto, las trofeos arrebatados a los ingleses en la jornada del 12; pero Liniers y el cabildo de Buenos Aires, apoyados por la Real Audiencia y por la opinión de varios jefes y vecinos, acordaron por toda respuesta guardar silencio. Declaró el cabildo «que era una temeridad pretender arrogarse la gloria de una acción que ni aun hubieran intentado los de Montevideo, a no contar con la gente y auxilios que estaban dispuestos en Buenos Aires.» Resolvió cuestión tan enojosa el rey de España, expidiendo una Cédula, declarando que «atentas las circunstancias concurrentes en el Cabildo y Ayuntamiento de la ciudad de San Felipe y Santiago de Montevideo, y la constancia y amor acreditados al Real servicio de la reconquista de Buenos Aires, venía en concederle título de Muy fiel y reconquistadora; facultad para que usase de la distinción de maceros; y que al escudo de sus armas pudiese añadir las banderas inglesas, que apresó en dicha reconquista, con una corona de olivo sobre el Cerro, atravesada con otra de las Reales armas, palma y espada»[627].
Vencido y prisionero el ejército de Beresford, no respetada la capitulación, como pregonaban en todos los tonos los vencidos, era natural que Inglaterra hiciese un esfuerzo, no sólo por su interés comercial, sino para restablecer el crédito de sus armas.
Antes de narrar la segunda guerra del Uruguay contra los ingleses, recordaremos que en Buenos Aires ocurrían sucesos importantes. Liniers era proclamado por las corporaciones civiles y por el pueblo jefe del ejército. Quiso oponerse el marqués de Sobremonte, cediendo al fin ante la voluntad general. No solamente aprobó el nombramiento militar de Liniers, sino delegó en la Audiencia el mando político. «De esta manera—escribe Bauzá—la ruina del régimen colonial, cuyas bases había socavado el cabildo de Montevideo con su declaración de 18 de julio, quedaba consumada de propio consentimiento, en la persona del que con razón apellidan sus compatriotas el último de los virreyes»[628].
Comprendiendo el marqués de Sobremonte que nada tenía que hacer en Buenos Aires, dispuso marchar a Montevideo, seguido de algunas fuerzas que le eran fieles. Llegó en los primeros días de octubre, cuando ya Ruiz Huidobro se había preparado convenientemente a la defensa. Grande contrariedad fué la presencia del virrey en aquellos momentos. Cuando hizo su primera salida por las calles, seguíanle grupos gritando ¡Abajo los traidores!, y cuando inspeccionó los trabajos de la ciudadela, los muchachos, en tono burlesco, exclamaban: ¡Avanza! ¡Avanza! Sordo a todos los clamores populares, anunció a Ruiz Huidobro que se encargaba de la defensa de la plaza. Huidobro, el cabildo y la población toda recibieron con gran disgusto la noticia; pero Popham amenazaba a la ciudad y era preciso ocuparse en asunto de transcendencia tanta. Comenzó el fuego el 28 de octubre entre los ingleses y las baterías de la ciudad, y, después de tres horas de combate, aquellos abandonaron el puerto y se dirigieron para Maldonado con el grueso de sus tropas y escuadra, dejando sólo algunos barcos que sostuvieran el bloqueo. El 29 llegó Popham a Maldonado, cuya escasa guarnición no pudo resistir el ataque de los enemigos, teniendo del mismo modo que capitular el día 30 la isla de Gorriti. Maldonado fué presa del más horroroso saqueo; no se respetaron las mujeres ni los lugares sagrados. Los archivos públicos fueron destrozados, destinándose buena cantidad de papel para hacer cartuchos. Hasta el hospital sufrió el saqueo. Nombrado gobernador el teniente coronel Vassal, del regimiento 38, renació la tranquilidad, que era el nuevo jefe hombre de tanto valor como prudencia. Conducta tan caballerosa se atrajo las simpatías de todos, siendo de sentir que en un cartel, pegado en los sitios públicos, afirmase que las creencias religiosas no serían nunca motivo de disidencias entre católicos y protestantes, puesto que en ambas religiones sólo existían diferencias de detalle. Los curas de Maldonado y de San Carlos arrancaron por su propia mano los carteles. El escándalo no pudo ser mayor, imponiéndose al cabo la prudencia.