Honduras es comarca muy montañosa, con ríos caudalosos, clima variado y abundantes aguas. El terreno es sumamente fértil y produce en los llanos tabaco, cacao, café, caña, añil, etc., y en los montes, donde abunda el pino, la vainilla, copaiba, ipecacuana, etc. Sin embargo, no es país agrícola: sus producciones se consumen allí mismo. El tabaco de Copán y de Santa Rosa es muy estimado desde hace tiempo. La madera de caoba tuvo siempre fama. En el subsuelo se encuentran minas de hierro, oro, plata, cobre, etc.

Nicaragua está atravesada por una doble cordillera, cuyas cimas tienen gran altura. Desde dicha altura se escalonan mesetas cada vez mayores hasta llegar a una llanura baja. Entre las dos cadenas existe larga depresión, donde se hallan los lagos de Managua y Nicaragua. Abundan los volcanes y entre los ríos el principal es el de San Juan. El clima es cálido y el suelo muy productivo. Dase en el terreno el plátano, caña de azúcar, café, cacao y añil; algodón, vainilla y caucho; trigo y maíz, maderas preciosas.

Salvador es sólo una zona estrecha, de forma cuadrilátera, que sigue la costa del Pacífico. «Pocas regiones—dice Reclus—hay en el mundo que puedan compararse al Salvador por la riqueza de la vegetación espontánea y lo productivo de los cultivos»[853]. Cerca de la capital se encuentra el volcán de su nombre. Sus productos son los mismos que los de la flora guatemalteca. El famoso bálsamo del Salvador se llamó en otro tiempo del Perú, porque en la época del régimen colonial se transportaba primeramente al Callao para mandarlo desde allí a España. Es rico el Salvador en plantas medicinales y en gomas.

Costa Rica, la comarca más meridional de la América Central, es país montuoso, atravesado por central cordillera, en la que estriban por cada lado altos montes. Se hallan muchos volcanes y en las serranías nacen varios ríos. El subsuelo es rico en oro, plata, cobre, plomo, mercurio, azufre y antracita; el suelo produce alguna cantidad de excelente café y plátanos. También produce caña de azúcar, tabaco, anís y zarzaparrilla, maíz, trigo, cebada, arroz y patatas. En madera se encuentran la caoba, haya, granadillo, roble negro y otras. Sin embargo, el país es pobre, y no sabemos porqué recibió la denominación de Costa Rica. En los comienzos del siglo xix, la industria agrícola tuvo mucha importancia merced a las medidas que tomó el gobernador de la provincia D. Tomás de Acosta, sumamente popular y extraordinariamente querido por sus sentimientos y bondades, por el interés que mostró en el fomento de la agricultura, por la fábrica de obras públicas y por la construcción de caminos, puentes y acequias. Falleció en abril de 1821, y todavía recuerdan con cariño su nombre los costarriqueños, y los historiadores del país piden que se levante un monumento que recuerde sus preclaras virtudes. Si antes adelantaron poco las industrias se debió a la codicia de los extranjeros, pues no debe olvidarse que los ingleses de Jamaica hacían frecuentes incursiones por las costas del Norte, en las cuales desembarcaban, ora con la máscara de amigos, ora como piratas, ayudados a veces por los indios mosquitos, para saquear las granjas de los españoles y para devastar las aldeas de los indígenas.

Si en Chile, a la llegada de los españoles, cosechaban los aborígenes las papas, el maíz y el poroto, luego cultivaron el trigo y la vid. La ganadería, desde los comienzos de la colonia, adquirió bastante desarrollo: los cerdos, los ganados cabrío y lanar, los caballos y las gallinas, abundaban mucho. La minería se redujo a los lavaderos de Marga-Marga y de Quailacoya. La única industria fabril que se derivó de los productos agrícolas fué la harina, para cuyo objeto se establecieron poco a poco molinos. Las industrias manuales aumentaron pronto, especialmente los hornos de cocer pan, las fábricas de tejas e hilanderías. Del mismo modo se extendieron por todo el país los oficios manuales de carpinteros, herreros, zapateros, sastres y plateros. El comercio, sujeto—como ya se dijo en este mismo capítulo—a muchas trabas, adelantó muy poco. Tiempo adelante, esto es, en los últimos años del siglo xvi, se estimó más la industria, en particular la agrícola y minera. El cáñamo se cultivó con esmero, e igualmente los árboles frutales y las hortalizas. Las aves de corral merecieron especial cuidado. Las industrias de tejidos y curtidos existían en las ciudades y pueblos. Nada adelantó el movimiento mercantil, pues apenas merece citarse el comercio de importación y exportación. La vida social estaba reducida a estrechos límites, no había teatros ni circos, las corridas de toros se verificaban de tarde en tarde, y las riñas de gallos eran casi siempre privadas. Sólo cuando un Rey subía al trono o nacía un príncipe o contraía matrimonio un miembro de la familia real, entonces se celebraban corridas de toros, juegos de caña y sortija, funciones de iglesia y otras. La destrucción de la ciudad de Santiago por el terremoto de 1647, la larga guerra de Arauco y la inmoralidad administrativa contribuyeron a que el país no saliese antes de su atonía.

Desde 1700 se manifestó el adelanto en todos los ramos de la industria. La agricultura y ganadería adquirieron aumentos de consideración. Si el oro y la plata daban rendimientos escasos, en cambio la extracción del cobre constituyó excelente negocio. Se multiplicaron las herrerías e hilanderías, como también las carpinterías, joyerías, etcétera. Tomó mayor vuelo el comercio y se abrieron muchos caminos. Acerca del carácter de la vida, lo mismo familiar que pública, desarrolló extremada afición al lujo. Bien es verdad que contrastaba con la devoción religiosa de las mujeres y de los hombres, con los ejercicios espirituales, procesiones y misas. Introdújose la costumbre de colocar imágenes o bustos de santos encima de las puertas de las casas. Religiosas y religiosos pasaban casi todo el día en las iglesias. Abrieron nuevos conventos de monjas y de frailes. No importaba nada de esto para que la inmoralidad fuera en aumento, para que el vicio fuera mayor y para que se celebrasen frecuentemente alegres fiestas. Aumentaron los jugadores y borrachos; fueron frecuentes, lo mismo en hombres que en mujeres, los asesinatos por medio del puñal o el veneno.

Si en el último tercio del siglo xviii adquirió la industria en Chile desarrollo considerable, aumentó en el xix la producción de la agricultura, siendo sus principales productos el trigo, cebada, maíz, frejol, lenteja, papa y arbeja, los árboles frutales, el olivo y la vid, el cáñamo, etc. La ganadería bastaba para el consumo ordinario y permitía, además, la exportación. La pesquería, la explotación de maderas y la minería fueron en aumento. Adquirió desarrollo la industria fabril y manufacturera.

De la Capitanía general de Chile pasamos al virreinato de Nueva Granada o Colombia. Estimóse en Colombia la minería. De la agricultura se hará notar que el arroz introducido en Nueva Granada desde el año 1512, se propagó bastante, dándose con mucha abundancia en los terrenos bajos y húmedos. Allí se cosechaban los cereales, fríjoles, habas y uvas; allí crecían varias clases de frutales.

Del Ecuador recordaremos que en Quito comenzó la industria fabril, estableciéndose pequeñas fábricas de tejidos. En el mencionado Quito, el P. José Rixi, natural de Gante, sembró el primer trigo europeo cerca del convento de San Francisco. Cuéntase que los frailes recordaron por mucho tiempo el hecho, y aun en los comienzos del siglo xix enseñaban con cierto orgullo la maceta, en la cual fueron llevadas desde España las semillas.

Los valerosos conquistadores de Venezuela y sus descendientes, ya terminadas las guerras, sólo se cuidaban de que los indios y negros esclavos trabajasen en las minas, en la agricultura y en la pesquería de perlas. Las industrias estaban limitadas a los tejidos de lana del Tocuyo, a los cordobanes de Carora, a las hamacas de Margarita y a la alfarería indígena. Acerca de las artes e industria se hallan noticias muy curiosas en la «Breve descripción y relación cierta de la muy leal ciudad de Nuestra Señora de la Concepción de Tocuyo de la provincia de Venezuela, etc.» Escribióla D. Juan de Salas, Subinspector de milicias y juez visitador de dicha ciudad el 30 de julio de 1766, para entregarla al Sr. D. José Solano, Gobernador y Capitán general de esta provincial[854]. Los caminos eran muy malos. Las comunicaciones se reducían a algunos barcos procedentes de la Isla Española y de tarde en tarde llegaba alguno de la metrópoli. Lo mismo en Venezuela que en los demás países de las Indias los impuestos eran enormes, siendo los principales los quintos reales, la alcabala, el almojarifazgo y la media annata. Consistía el primero en cobrar el quinto para el Rey del metal que se sacase de las minas y de las perlas que se sacasen de las pescaderías; el segundo era en un derecho de 2 por 100 en dinero de todo lo que se compraba y vendía; el tercero estaba reducido a un impuesto de entrada y salida sobre las mercaderías, así de España como de las Indias, y el cuarto consistía en la mitad de la renta del primer año de todos los oficios y cargos no eclesiásticos.