CAPÍTULO XVIII
Fúndase una Reducción nueva y el P. Juan Bautista de Zea emprende la Misión de los Zamucos.
Ya es tiempo de que volvamos á atar el hilo de la historia, interrumpida con esta larga, bien que útil digresión, y en primer lugar á dar una vista á la Reducción de San Juan Bautista, para pasar después á hablar por extenso de las trabajosísimas Misiones que en estos años emprendió á gloria de Dios y bien de las almas, el Apostólico P. Juan Bautista de Zea.
Ya dijimos en el capítulo XVI cómo para suplir la falta de sujetos se habían extinguido dos pueblos, y el uno de la advocación de San Juan Bautista; mas por este tiempo se volvió á fundar otro con la misma advocación.
Habíanse, pues, agregado á San Joseph buen número de Morotocos y Quíes, y para mantener tanta gente era el terruño algo estéril, y cortas las cosechas; por lo cual era necesario dividir aquel pueblo y buscar en otra parte lugar para fundar en él otro nuevo.
Trece leguas de San Joseph, hacia Levante, había una campaña llamada el Naranjal, estéril, no tanto por infelicidad de la tierra, cuanto por no haber quien la cultivase.
De común consentimiento escogieron, entre los otros, este paraje los neófitos, y tomó luego habitación en él la gente de cuatro naciones y de otros tantos idiomas, Boros, Penotos, Taus y Morotocos, poniendo por nombre á aquel pueblo San Juan Bautista; y para esto se atendió tanto á que tuviesen cómodamente con qué pasar la vida, cuanto á que en bárbaros nuevos en la fe, viniendo muchos en número y envejecidos en los vicios, es cosa de increíble trabajo quitarles las malas costumbres, hacerlos olvidar las antiguas supersticiones y reducirlos á la estrechez de la ley y vida cristiana; y como decía graciosamente un Misionero, son ellos tan niños, sin uso de razón que para criarlos con vida de hombres racionales, es necesario estar en continuo ejercicio de todas las virtudes, en especial de la paciencia, del celo, agrado y de aquella que todo lo obra, la caridad, sufriéndoles infinitas impertinencias y necedades, acomodándose á su modo y transformándose en cada uno de ellos para ganarlos y conducirlos todos á Dios.
Encargóse este nuevo pueblo al P. Juan Bautista Xandra, sardo de nación, el cual procuró, con todo el fervor de su espíritu, que la gente fabricase sus Ranchos y labrase la tierra, de suerte que volviendo de allí á poco el Padre Zea de los Zamucos, con no tan buen suceso como esperaba, se consoló no poco con lo que vió en el nuevo pueblo de San Juan, y tomó ánimo para arriesgar de nuevo la vida en la empresa de los Zamucos.
Esta conversión de Zamucos es aquella obra que emprendo ahora escribir, en que por haber sido la última de este obrero evangélico; así como el sol en su horizonte, cuanto más precipitado corre al ocaso, tanto se muestra más luminoso y bello, así este sol apostólico echó el resto de su incomparable caridad cuando más cercano á su muerte; y aunque consumido, no menos de los años que de los trabajos, tuvo tantas fuerzas y aliento, que pudo llegar á plantar triunfante la bandera de Cristo en país inaccesible, no tanto por la barbaridad de sus moradores, cuanto por su sitio natural; bien que después, por los inescrutables juicios de Dios, cometida á otros aquella grande obra, se frustraron por algún tiempo tantas fatigas, y las esperanzas concebidas de penetrar por aquí á las vastísimas provincias del Chaco.
Fortalecido, pues, su espíritu con largas oraciones y súplicas á Dios Nuestro Señor para la feliz conducta de aquel negocio, se puso en camino para los Zamucos por Julio de 1716, acompañado de cien neófitos, y á pocas leguas se le opuso el infierno con horribles tempestades en el aire, torbellinos de agua y viento, crecientes de ríos y otras mil incomodidades; de manera que en andar cosa de catorce leguas, gastó diecinueve días, mas no sin algún fruto; porque dando una ligera corrida á registrar algunas Rancherías de los Tapuyquias, ya asoladas, halló allí treinta almas que perseveraban aún en las tinieblas del gentilismo; y ganadas para Cristo, las despachó al pueblo de San Joseph.