Alegre con esta ganancia impensada, pasó adelante, y á pocas leguas encontró con un bosque de diez leguas de largo, horrible á la vista, y tan difícil de penetrar por él, que nunca le había visto semejante en todas sus correrías.
Lo que aquí hizo y padeció, con ningunas palabras lo podré mejor referir que con las que el mismo P. Zea se lo escribió al P. Vice-Provincial Luis de la Roca:
«Los indios (dice) no obstante que desconfiaban llegar al cabo, comenzaron á trabajar y á desmontar la espesura; mas á la mitad de ella desmayaron totalmente y se resolvieron á dejarla, y tuve por milagro el poder detenerlos; y para animarlos á llevar al cabo lo comenzado, me puse yo á la frente con una hacha en la mano, á veces con el azadón y otras llevándoles agua para refrigerarlos de los incendios del ardientísimo sol que hacía, y de esta manera, con el favor de Dios, en diecinueve días de trabajo, se acabó de romper el bosque.
»Mas lo que se hacía insufrible era el no tener de día ni de noche treguas de las sangrientas molestias de infinitos mosquitos y tábanos de varias especies, molestísimos, cuyos aguijones nos desfiguraron sobremanera y nos duraron por mucho tiempo las señales.
»Puse por nombre á este bosque el Purgatorio, para que quien los años siguientes viniere á este país en busca de almas, sepa cuánto le han de costar.»
Hasta aquí el P. Zea.
Abierto finalmente el camino salieron á campaña rasa, donde no hallaron cosa de comer el Padre ni sus compañeros para repararse de los trabajos pasados, porque no había en aquel lugar ninguna caza ni laguna de pescado, ó alguna colmena, como hay por otras partes.
Sólo había gran copia de agua estantía en las lagunas, y algunas raíces duras y tan amargas como la hiel, y de éstas no en mucha abundancia; por esta causa perdió las esperanzas de llegar al término de su viaje, porque fuera de lo dicho, habían también con los trabajos caído enfermos no pocos de los neófitos, y los demás apenas se podían tener por la falta de alimento.
Con todo eso pasó adelante, á dos jornadas distante de la última Ranchería de los Cucarates, le suplicaron algunos Orerobates y Morotocos torciese algún tanto el camino y fuese á tres Rancherías de su nación á reducir á aquellos sus paisanos al conocimiento del Dios verdadero.
Condescendió con ellos de buena gana el santo varón, y dando orden al resto de su comitiva que le esperasen junto á los Cucarates con solos algunos pocos dió la vuelta hacia las dichas Rancherías, y en menos de dos días entró en aquellas tierras donde no halló ni aun una sola alma, porque la carestía había obligado á los paisanos á esparcirse por los bosques en busca de comidas; por tanto, fueron tras ellos los cristianos sin perder tiempo; mas los infieles, juzgándolos, ó enemigos ó indios Chiquitos, de quien se temen en gran manera, huyeron, hasta que desengañados, por haberse dado á conocer los nuestros, se pararon.