Parecía casi imposible quitar aquel embarazo; pero nada le es inaccesible, nada duro de vencer, á quien ha ofrecido su espíritu á Dios, y á los prójimos su vida en obsequio de la caridad.

Al cabo de veinte días se llegó á abrir del todo aquel impenetrable bosque, y á los 12 de Julio llegó á la primera Ranchería de los Zamucos.

Estos, á quienes había llegado antes la fama de su venida, le festejaron con demostraciones de extraordinaria alegría; cercáronle todos en rueda, y los varones todos, uno por uno, le fueron besando la mano; querían hacer lo mismo las mujeres; mas el santo varón que se deshacía todo en lágrimas de consuelo, les dió á besar la imagen de la Virgen santísima, que traía en la mano.

Cumplimentaron después á los neófitos, abrazándoles en señal de paz y de amor, y les alojaron en sus casas, dándoles parte de la pobreza y escasez del país.

El día siguiente juntó el pueblo en la plaza, les dió razón y juntamente una breve noticia de Dios, de su santa ley, y los preguntó si querían que los Misioneros viniesen á predicarles allí la fe de Jesucristo, y enseñarles el camino del cielo.

Respondieron ellos que había mucho tiempo que lo deseaban, y el no ser ya cristianos era porque no tenían quién les explicase los misterios de la fe que habían de creer, ni los mandamientos que debían observar.

—Pues si es así—añadió el Padre, bañado en alegría—es necesario levantar primero iglesia á vuestro criador y señor, y que os juntéis todos en un pueblo.

A esta propuesta se levantaron dos caciques principales, diciendo que lo harían de buena voluntad, mas no allí, sino en mejor sitio, y que juntarían luego al punto toda la gente del contorno para fundar una reducción numerosa.

Entre tanto hizo el P. Zea enarbolar una cruz en un alto, y puestos todos de rodillas delante de ella, la adoraron; y entonadas las letanías de la Virgen, puso aquel pueblo debajo del patrocinio y tutela de nuestro Padre San Ignacio, cuya advocación le dió.

Hubiérase quedado allí de buena gana para dar calor á la buena voluntad de los Zamucos si hubiera llevado consigo los ornamentos sagrados y el altar portátil, aunque le fuese forzoso sufrir muchas incomodidades, y no tener otra cosa para comer que agua y algunas raíces de yerbas silvestres; por esta causa se hubo de despedir de ellos y volverse por entonces con igual sentimiento y dolor del que se partía y de los que se quedaban.