A la vuelta tuvo ocasión oportuna de ganar para Cristo á cien indios de varias naciones Zinotecas, Japorotecas y Cucarates que se trajo consigo á la Reducción de San Juan Bautista, en donde mientras se estaba disponiendo de nuevo para volver á sus Zamucos, recibió orden de nuestro Padre General Miguel Ángel Tamburini, de que tomase á su cargo el gobierno de provincia; á que obedeció prontamente, no sin incomparable dolor de su corazón.

Y porque con esta ocasión murió al bien público de estas misiones, dejando después de dos años poco menos, la vida en el empleo de Provincial, haremos aquí una breve relación de los méritos que partiéndose de aquí llevó consigo al Paraguay, para ejemplo de los súbditos, y después al cielo, para recibir la corona debida á los operarios apostólicos.

Fué el P. Juan Bautista de Zea, natural de Goaze, lugar de Castilla la Vieja, en donde nació á 18 de Marzo de 1654.

Aquí aprendió los primeros rudimentos de la gramática, aunque por la calidad del lugar y de los maestros, aprovechó más en la devoción que en las letras, creciendo no menos en la virtud que en los años.

Para estudiar las ciencias mayores pasó á la Universidad de Valladolid, donde dió buenas muestras de ingenio en las ciencias especulativas, pero mucho más en la de los santos.

Sobresalía en él una modestia virginal, una inocencia de costumbres tan cristianas como amables, un desprecio grande de las cosas del mundo, y un no gustar de otra cosa que de Dios y de su alma.

Poco era menester para que quien estaba tan despegado de los afectos de la carne y sangre se rindiese á la voluntad divina que le llamaba á la Compañía, en que á 13 de Agosto de 1671 le recibió el doctísimo P. Diego de la Fuente Hurtado, el cual descubriendo con luz soberana, y anteviendo los fines á que Dios tenía destinado al nuevo Jesuita, pronosticó de él cosas grandes en el servicio de Dios y aumento de la santa Iglesia, y de allí adelante le amó siempre y le veneró como á santo.

Apenas el hermano Zea se vistió la sotana de la Compañía, cuando haciéndose cargo de las nuevas obligaciones que con ella había contraído, procuró dar á ellas entero cumplimiento; y como si empezara de nuevo el camino de la virtud, se miraba en las virtudes de sus connovicios, observando cuanto en ellos era digno de ser imitado para copiar en sí mismo la perfección de todos.

Dándosele para leer y considerar nuestras reglas, se las puso delante como modelo, á que se arregló perfectamente en lo interior y exterior.

Tuvo muy poco en qué vencerse para entregar del todo su corazón á Dios, no queriendo ni amando, ni pensando en otro bien que en Su Majestad; y testifica sujeto que le conoció estudiando la filosofía, que habiéndole dado los Superiores el cuidado del reloj de casa, se estaba sólo en un aposento bien incómodo sin salir de él sino obligado de las funciones escolásticas ó domésticas.