Fué su muerte á los sesenta y cinco años de su edad, á 4 de Junio de 1719.

El mismo día se celebró su entierro, á que asistió el Ilustrísimo Sr. Obispo de esta diócesis, gran número de religiosos de todas órdenes, el cabildo secular, lo principal de la nobleza, y mucho pueblo; los nuestros repartieron entre sí sus pobres alhajas, que se reducían á instrumentos de penitencia y algunos libritos de votos, para tenerlos por reliquias y conservar siempre fresca la memoria del incomparable varón que habían perdido, no menos venerable y digno de eterna alabanza por la santidad de su vida que por las muchas almas de que enriqueció á la iglesia toda.

CAPÍTULO XIX

Continúa el Padre Miguel de Yegros la Misión de los Zamucos, á cuyas manos muere el hermano Alberto Romero.

Habiendo ordenado el nuevo Provincial Padre Juan Bautista de Zea que el P. Miguel de Yegros, en pasando las lluvias, fuese con el hermano Alberto Romero á fundar la Reducción de nuestro P. San Ignacio, se anticipó el P. Yegros algún tiempo, así por escoger con tiempo sitio á propósito, como por no exponerse á peligro de no hallar agua qué beber en el camino; por tanto, á principios de Abril empezó su viaje; mas entrando en el bosque de los Zamucos, se vió obligado á volver atrás por tener tanta falta de agua, que ni la gente ni las caballerías tenían con qué apagar la sed.

Púsose en camino segunda vez por Septiembre, y llovió tanto, que anegadas las campañas de los Cucarates, apenas pudo llegar al término de su viaje.

Lo que padeció en este viaje lo referiré con las mismas palabras con que él, habiendo vuelto de los Zamucos, se lo escribió en carta de 27 de Octubre de aquel año de 1718 al P. Visitador de los Chiquitos, Juan Patricio Fernández, desde el pueblo de San Juan.

«Por no alargarme (dice) no describo aquí cómo conseguí el llegar á este pueblo, contra el parecer y juicio de todos los prácticos de de estos caminos y contra toda disposición del tiempo; y los pocos Morotocos que llevé conmigo y se adelantaron á entrar en la montaña hubieron de perecer de sed, aunque consiguieron con gran valor el llegar al pueblo; y yo, que de ahí á algunos días los seguí, fuí nadando en agua (como dicen) por toda la montaña, que ya servía de enfado y de embarazo al que iba de posta y de ligera.

»Sólo lo atribuí al dedo de Dios, pues cuando la piedad y misericordia divina se inclina á obrar, no hay imposibles, y más cuando precedieron los sudores, trabajos, necesidades y hambres de su primer conquistador de esta nación nuestro dignísimo P. Provincial Juan Bautista de Zea.»

Despachó, pues, delante el P. Yegros algunos indios cristianos que avisasen al cacique principal de los Zamucos de su venida, y que le llevasen en su nombre un bastón, hermosamente guarnecido, y una camiseta colorada, que son las galas que ellos estiman.