Llegaron los mensajeros y fueron recibidos con grande amor y cortesía, y fueron sentados á la mesa del cacique, cuyas viandas se reducían á raíces de cardos silvestres, que era todo su mantenimiento, y por gran regalo les ofrecieron un vaso de agua, porque había allí tal carestía, que cada uno estaba esperando la suerte de poder coger tanta cuanta cabía en la palma de mano, de un pequeño manantial que salía de un peñasco.
Dos días después se partieron los cristianos, acompañados del cacique principal, con otros de los suyos, y encontrándose en el bosque con el P. Miguel, dieron la vuelta, y á 5 de Octubre llegaron á donde el P. Zea el año antecedente había levantado la cruz.
Increíble fué el júbilo y la fiesta que hizo aquella buena gente, manifestando el gusto que tenían de ver en sus países á nuestros Misioneros, diciendo en nombre de todos el cacique principal, indio, por cierto digno de estimación, que no obstante sus grandes necesidades, hambres y pobreza no se había apartado de su pueblo ni permitido que los suyos se alejasen por estar en continua esperanza de que habían de ir los nuestros, habiendo enviado varias veces, y él mismo ido en persona, á registrar los caminos para ver si parecían.
Igual fué también la alegría del P. Miguel que veía ya logrados los sudores del P. Zea, que con tantos trabajos había empezado á plantar aquella viña, y para su fecundidad le llovía del cielo copiosas bendiciones.
Trató luego con aquel cacique y con todos los demás principales, del fin de su ida á aquellos pueblos, que era el fundar Reducción en sus tierras y quedarse con ellos; á cuyo fin les pidió le diesen paso franco y guías para todos los demás pueblos, para escoger en ellos el que fuese más acomodado para la fundación, y en particular hacia los que estaban al Poniente cercanos á las salinas, donde habían informado al Padre había parajes muy buenos para pueblos, aguadas, montañas y palmeras para estancias de ganados, interesándose en esto también el irse acercando á los demás pueblos de los Chiquitos, con camino más derecho y más breve.
«Oyéndome el cacique (son palabras del Padre Miguel, en la carta para el P. Juan Patricio Fernández). Oyéndome el cacique éstas y otras conveniencias, dió un grito y suspiró, diciendo:
»—Me tuviera por ingrato y vil, después de tantas finezas y estimación que habéis hecho de mí, si en alguna cosa os mintiera y engañara, y negando lo que me pedís os desazonara; y aunque no me queráis creer, os desengaño, Padre, de que en todas nuestras tierras no hallaréis parajes, ni las comodidades que decís para fundar, pues lo mismo que véis y reconocéis en este mi pueblo, sucede en todos los demás; y aunque en tiempo de lluvias, por causa de las avenidas, corren algunas cañadas con abundancia de agua, mas pasados algunos meses no quedan más que las madres secas, y sin agua, por lo cual luego nos desparramamos con nuestras chusmas á buscar qué comer y qué beber.
»No obstante esta respuesta, le volví á instar con otras razones más eficaces que Nuestro Señor me inspiró, que me dejase pasar siquiera á visitar al cacique de los pueblos del Poniente, dándome guías y quien me abriese alguna senda para poder pasar á la ligera.
»Respondióme á esta petición el cacique:
»—Te aseguro, Padre, por el amor que te tengo, que si vas, tú y todos tus compañeros, pereceréis de sed.»