Hasta aquí el P. Miguel, que oyendo esto se retiró aparte para encomendar á Nuestro Señor aquel negocio.
Entonces el cacique juntó á todo el pueblo en la plaza y le reprendió con palabras muy sentidas el que hubiese alguno de ellos mentido y engañado al P. Misionero con decirle que había en sus tierras los parajes y comodidades ya dichas para fundación; y les añadió que quedaba muy avergonzado de que hubiesen dado ocasión para que el Padre juzgase que él le engañaba, negándole lo que ellos mismos tanto deseaban; y por fin mandó á todos que obedeciesen en todo á la voluntad del P. Miguel. Estaba éste retirado en su Rancho, rogando á Nuestro Señor que no se frustrase esta fundación y Reducción de todo el gentío cercano y encomendando á Su Majestad la resolución que tomaría en este caso.
Luego supo por medio del intérprete, que había estado oyendo de secreto al cacique, todo el razonamiento que éste había hecho á los suyos en la plaza.
«Con lo cual (prosigue el Padre en su relación) me determiné á proponerles si gustarían de fundar y juntarse para este efecto fuera de sus montañas y al remate de las campañas de las Japeras de los Cucarates, por ser tierras muy cabales para una fundación, aunque sólo de paso vistas y registradas con ánimo (si viniesen en ello) de registrarlo mejor á la vuelta, trayendo alguno de ellos conmigo para ver los parajes.
»Llamé de allí á un rato al cacique y le propuse todo esto; á que sin dejarme pasar adelante, con grande algazara respondió que era grande elección, y que ya había estado y visto todas aquellas campañas, y que le parecieron muy buenas y á propósito para el fin, y que me siguiera luego con toda su gente y todos los demás pueblos vecinos, á no tener todos sus zapallares ya en flor y muchos que ya comenzaban á dar, y que no sembrarían otra cosa, sino que en acabando los juntaría y convocaría toda aquella gente, y se vendría luego al sitio que yo dejase señalado para el pueblo, y enviaría conmigo alguno de los principales para que registrasen y viesen el puesto para dicho pueblo; y en volviendo á darles cuenta de lo visto, tomaría luego el camino para aquel paraje.
»Con esto resolví volverme después de dos días, porque no había agua que beber; y en estos dos días que estuve allí, fué forzoso beber de unos charquitos que se habían juntado en una cañada, una legua del pueblo, de un aguacero que cayó, que más era barro que agua; y de una poca que ellos tenían recogida, llovediza, en unos calabazos, nos dieron uno, por gran fineza, y vendido por un poco de maíz.
»Poco después que se sosegaron los del pueblo, cerrada ya la noche, vino el cacique, acompañado con algunos viejos, á pedirme audiencia junto á mi toldo; y dándoles asiento por señal de alegría y albricias, me dijo el cacique:
»—Padre, no te aflijas, que después del año en que se haya poblado el sitio que nos señalares, iré con la gente de este mi pueblo hacia el Sur, en tres días de camino de montaña, á traer y convidar á otra provincia de Zamucos (con quienes antiguamente estábamos amigos y quebramos con ellos) que son diez pueblos de tanto número como nosotros; y de ahí á un día de camino, en que remata la montaña y comienzan las campañas, está innumerable gentío que llega hasta á los pueblos que llamamos nosotros de los españoles. Estos guerrean siempre con esta otra provincia de Zamucos, que se llaman Ugaroñós (de los cuales hay uno en este pueblo de San Juan, que antiguamente vino con sus padres á esta otra provincia, y de ahí á los Morotocos; y cuando andaba con los Padres, llegó á ver todo ese gentío, que es el Chaco, y á un lado algunos pueblos de Guarayos.) Agradecíle sumamente las noticias al cacique, quien volvió á añadir estaban contentísimos con el paraje que les había insinuado, muy á propósito para poder desde ahí con más facilidad y brevedad penetrar hasta las naciones dichas, pues desde más lejos había venido yo á sus tierras y pueblos; y dándome otras noticias de otros gentíos por diversos rumbos, se despidió para irse á descansar.»
Así el P. Miguel; el cual, queriendo al otro día despedirse de ellos, se levantó una gritería y llanto de toda la gente, á quien el deseo del santo bautismo no daba aliento para ver partir al Padre Misionero; mas dándoles palabra de que cuanto antes los volvería á ver, se quietaron; y levantadas al cielo las manos, pedían á Dios les diese feliz viaje y que volviese presto.
Partióse, finalmente, echando mil bendiciones á aquel pueblo, tan deseoso de recibir la santa fe, trayéndose en su compañía aquellos Zamucos enviados de su cacique; y reconocido el país de los Cucarates, pasó á San Juan Bautista, donde los neófitos recibieron y acogieron á los dos cathecúmenos con extraordinario afecto, tratándolos con aquellas cortesías que el celo del bien de sus almas y el amor á Dios dictan á los que son nuevos en la santa fe.