Acordóse entonces de lo que tanto antes Nuestro Señor le había mostrado, y así sufrió con grande valor estas y otras gravísimas molestias de aquellos bárbaros tan crueles, que le echaron los caballos á pacer en su huerta, para quitarle en un momento el sudor de su rostro y el trabajo de sus manos. Y en medio de ser aquella tierra tan difícil de cultivar y tan dura á recibir la semilla de la palabra divina, pues aunque trabajaba mucho recogía muy poco fruto, con todo eso no levantó las manos de la labor hasta que le llamaron los Superiores para ser operario en el Colegio de Tarija, donde tuvo campo en qué ejercitar su celo, con menos trabajos, pero con más fruto. Aquí le sucedió un caso digno de saberse:

Ofreciósele un día hacer una trompetilla por si acaso venía á confesarse algún sordo, cuando poco después de venir á su aposento, entró en él un hombre doliéndose mucho de que no se podía confesar á gusto por falta de oído; consolóle el Padre, diciéndole que tenía un instrumento para oir con facilidad.

Confesóse el buen hombre con gran júbilo de su corazón, y dando al Padre mil agradecimientos, se despidió diciendo:

—Quédese V. R. con Dios, que yo me voy á comulgar y de allí á morir; y sucedió así puntualmente.

Lo mismo sucedió con otro que tenía la misma pena, el cual estando sano y robusto se confesó con el Padre y murió de allí á dos días, dejando ambos prendas seguras de su eterna bienaventuranza, con la misericordia que Dios había usado con ellos.

No pudo conseguir semejantes esperanzas de otro, que exhortado del P. Tolú á que ajustase las cuentas de su conciencia con Dios por medio de los ejercicios espirituales, luciese confesión general antes de emprender un largo viaje le protestó con varios colores aparentes, que no podía; mas apenas había caminado pocas leguas, cuando sorprendido de una furiosa enfermedad, en pocos días se puso en camino para la otra vida, con poco ó ningún aparejo.

Vivió en Tarija el P. Tolú hasta el año de 98 en que pasó con oficio de Superior á las Misiones de los Chiquitos con gran júbilo de su corazón, por ver puestos en ejecución los ardientes deseos de emplear sus fatigas en la conversión de los infieles; y aunque las grandes y frecuentes enfermedades le estimulaban á proponer su ningún talento para aquel empleo, todavía, después que en una grave enfermedad, el dolor más agudo que le traspasaba el corazón en aquellos extremos, fué el haberse excusado una vez en ejecutar un orden de sus superiores, arrojándose en manos de Dios, vino con aquel oficio á estas Reducciones en que por no estar aún las cosas puestas en forma, tuvo ocasión de merecer mucho.

Lo más insufrible para su caridad eran las grandes necesidades y trabajos de sus súbditos sin tener con qué socorrerlos y aliviarlos.

Procuró, no obstante esto, con todo el esfuerzo posible, por espacio de cuatro años que fué Superior, adelantar aquella recién fundada cristiandad, así con la conversión de nuevos infieles como en desarraigar las bárbaras costumbres de los catecúmenos, exponiéndose por eso muchas veces, con invencible constancia, á riesgos y peligros de la vida.

Una de las muchas veces que se vió en estos aprietos fué en cierta ocasión, que habiendo visto que un neófito se había teñido el rostro de feísimos colores, al uso de su gentilidad, le dijo, llevado de su celo: