Uno, entre los demás, joven de pocos años, que no menos en las llagas de su cuerpo, que en la paciencia del ánimo, parecía otro Job, se alistó en el número de los hijos de Dios con suma alegría y júbilo de su espíritu, y haciendo fervorosísimos actos de fe, esperanza y caridad, pasó de esta peregrinación á la patria celestial.
Llevaba muy mal el común enemigo los progresos de la fe en nación tan bárbara é inculta; por eso aplicó luego todo su esfuerzo para atajarlos y sofocar la semilla del Evangelio, antes que se arraigase en los corazones de los bárbaros.
El primer medio de que se valió fué procurar la muerte de los Misioneros que le hacían tan cruda guerra, incitando á los infieles á que se la diesen.
Intentáronlo ellos muchas veces; y una, entre otras, estuvieron ya conjurados á matar al P. Machoni.
Habían estado algo lejos del pueblo haciendo un baile con grande bulla y algazara, y poniendo en medio de la rueda un calabazo, que por arte del demonio danzaba también con ellos, se convinieron todos en darle aquella noche la muerte, para verse libres de una vez de su celo y reprensiones.
Oyóles acaso el Padre, y saliendo de su Rancho á saber la causa de aquella novedad intempestiva, encontróse con una india que venía del baile, bien que no tan fuera de sí como ellos, que estaban totalmente embriagados; preguntóla el Padre por qué sus parientes metían tanto ruido y daban tantas voces.
Ella, que sabía muy bien lo que trataban, procuró encubrirlo con una falsa risa, respondiendo no sabía la causa.
Temióse el Misionero no fuese alguna borrachera; y para certificarse y atajarla, instó á la india descubriese la verdad.
Ella, recelando por esta instancia que ya el P. lo supiese, le descubrió toda la conjuración que contra su vida tenían tramada.
Recogióse en su Rancho ofreciendo á Dios su vida en sacrificio por el bien de aquellas almas, y estuvo toda aquella noche esperando le viniesen á matar; mas Nuestro Señor le libró para otras cosas de su servicio, porque avisados los infieles por la dicha india de que el Padre Misionero sabía ya sus intentos, no se atrevieron á darle la muerte, recelando también no viniesen luego los españoles á vengarla.