Parece, empero, esto menos tolerable, á causa de no reconocer ni aun las leyes naturales, que cualquier hombre, por bárbaro y salvaje que sea, con sólo ser hombre, venera y aprecia.
Los hijos, por la mayor parte, no tienen ningún respeto á sus padres; antes tienen sobre ellos dominio, haciéndose obedecer de ellos con grande descaro; y si les da gusto, osan poner en los padres las manos.
En sus enfermedades no se mueven á compasión, antes los abandonan con increíble ingratitud y los dejan en manos de la hambre y enfermedad; cosa que ni aun con las bestias usan; y fuera muchas veces entre ellos mejor ser perro que hombre, porque de ellos se compadecen y quitan la comida de la boca para sustentar una tropa de galgos.
Encontróse acaso el P. Machoni en una ocasión con algunos de estos bárbaros que llevaban á enterrar á la madre de uno de ellos difunta, que poco antes se había convertido á nuestra santa fe, y con ella querían enterrar á un hijito suyo de pocos meses, porque ninguna india, aun sus parientas, quería tomar el trabajo de criarle: quitósele luego de las manos el Padre y por más que con la paga por delante se lo pidió y suplicó, ninguna se movió á compasión; por lo cual se vió obligado mientras vivió el niño á mantenerle con leche de cabra ú oveja, no sin increíble dolor, viendo entre tanto á muchas madres tener pendientes de sus pechos gran número de perritos para que no se muriesen de hambre.
Sus casamientos los celebran de mucha edad (si es que entre ellos merecen el nombre de casamientos, pues cansada la mujer del marido, y éste de ella, tienen franqueza y libertad de tomar otra ú otro á su antojo) no casándose sino cuando ya están cansados de torpezas, no experimentando ellos en sí ni el temor ni la vergüenza que la naturaleza mezcló sabiamente en los placeres vedados para contener en la raya de lo debido el genio de la concupiscencia desenfrenada.
No es fácil de explicar cuanto trabajase el buen P. Misionero con otro compañero Jesuita, en instruir en los principios de la ley divina á gente que parecía no tener ni aun el primer instinto de la naturaleza, ni de qué medios de caridad y de celo se valieron para hacerlos, de bestias, racionales, y de racionales, cristianos.
Eran los primeros con el azadón en la mano á romper la tierra, á manejar los arados y á hacer todo lo demás que es necesario en la labor de los campos para adiestrarlos á hacer lo mismo.
Después visitaban los enfermos y hacían con ellos todos los oficios de caridad que haría una amorosa madre, quitándose de la boca la comida y el sustento que les tenía señalado la piedad de los españoles por remediar sus necesidades.
Sufrían con increíble paciencia sus contínuas impertinencias y necedades, con la esperanza del bien que podían sacar de ellos. Pero esto era lo menos respecto de lo que trabajaban en provecho de sus almas; porque la deshonestidad, la venganza, la embriaguez la barbaridad y otros mil vicios heredados con la sangre, crecidos con los años, y con la costumbre convertidos en naturaleza, era poco menos que imposible desarraigarlos de sus corazones; mas pudo tanto la incontrastable virtud del Altísimo y la fineza de un celo apostólico, que poco á poco se empezó á ablandar la dureza de corazones tan obstinados y á domesticarse la barbaridad de ánimos tan salvajes.
El primer fruto que se sazonó con los sudores y fatigas de estos fervorosísimos operarios, fueron muchas almas de niños que apenas lavadas en las aguas saludables del santo bautismo, volaron con la cándida estola de la inocencia á la eterna bienaventuranza, á tomar posesión de aquella gloria, que en adelante gozarían los fieles de su nación; después lograron las almas de muchos adultos que asaltados de una peste que se encendió entre ellos, cambiaron gustosos la vida con la esperanza del eterno descanso en el cielo, por medio del santo bautismo.