El año de 637 entraron por el Tucumán á convertir algunas naciones el P. Gaspar Osorio, de quien poco ha hice mención, y el P. Antonio Ripario, italiano, los cuales, el mayor fruto que sacaron de su empresa, fué perder la vida por Cristo con glorioso martirio, de que tuvo antes bien clara noticia el P. Osorio como lo declara en carta escrita á Roma á su antiguo confesor nuestro cardenal Juan de Lugo.

Ambos, después de su muerte, se aparecieron vestidos de los ornamentos sagrados y cercados de mucha luz á sus bárbaros matadores reprendiéndolos su maldad y exhortándoles á que trajesen á su tierra nuevos Jesuitas que los instruyesen en la fe de Cristo.

Lo que ellos, obstinados en sus vicios y errores no ejecutaron, emprendieron los PP. Ignacio de Medina y Andrés de Luján el año de 1653 entrando á reducir á la fe aquellas naciones; pero aunque aplicaron su fervor más intenso, no lograron sino las almas de algunos niños y adultos moribundos, y armándose contra ellos secreta conjuración de los bárbaros, hubieron de retirarse.

El año de 1673 entraron con el gobernador D. Ángelo de Peredo los PP. Diego Francisco de Altamirano y Bartolomé Díaz, y pudieron fundar una reducción de Mocovíes, con nombre de San Francisco Xavier, cuatro leguas de la ciudad de Esteco, en que llegó á haber mil y ochocientas almas; pero por juzgar el gobernador y sus consejeros convenir se encomendasen á los españoles dichos indios repartidos en Encomiendas se deshizo aquel pueblo; bien que en aquella entrada lograron los Padres bautizar más de mil almas entre adultos y párvulos.

Prosiguióse esta empresa el año 1683 en el gobierno de D. Fernando de Mendoza Mate de Luna, para la cual fueron señalados los Padres Juan Antonio Solinas, natural de Olinis, en Cerdeña, y Diego Ruiz, valenciano; habían ya agregado algunos indios Ojotades y Taños á una nueva Reducción, con nombre de San Rafael; pero envidioso el común enemigo, y temiendo de aquellos principios nuevos progresos, incitó por medio de sus hechiceros á ciento cincuenta Tobas y á cinco tropas de Mocovíes que quitasen la vida á los Misioneros: vinieron al lugar donde estaban, y hallando sólo al Padre Solinas, por haber ido á Salta por bastimentos el P. Ruiz, le dieron la muerte, y también á otro venerable sacerdote llamado don Pedro Ortiz de Zárate, á 27 de Octubre de aquel mismo año.

Con esta novedad se retiraron los Ojotades y Taños, catecúmenos, y ni con la muerte de estos dos mártires, ni de los PP. Osorio y Ripario quedaron esperanzas de que su sangre fuese semilla de cristianos en aquella provincia, por la proterva obstinación de las más de sus naciones, que con las repetidas hostilidades que hicieron á la provincia del Tucumán, por su innato odio á la nación española, cerraron las puertas á la esperanza de su conversión, hasta que siendo gobernador de la provincia de Tucumán el piadoso caballero don Esteban de Urizar y Arizpacochaga, brigadier de los reales ejércitos de S. M., reprimido primero el orgullo de los Tobas y Mocovíes, quiso se sentase de nuevo la empresa y se predicase la ley divina á la nación de los Lules; por lo cual el P. Antonio Garriga, que á la sazón era Visitador de esta provincia, señaló para esta conversión el año de 1710 al P. Antonio Machoni, natural de la villa de Iglesias, en Cerdeña, el cual, habiendo pasado de aquella provincia á ésta el año de 1698 y leído Filosofía en esta Real Universidad de Córdoba, alcanzó emplearse en la conversión de estos bárbaros.

Dió éste principio á la nueva cristiandad fundando una Reducción, á quien puso debajo del patrocinio de San Esteban, compuesta de gente de cuatro naciones, Lules, Toquistinés, Ixistinés y Oristinés, cuyos ascendientes fueron antiguamente cristianos.

Son éstos de color de aceituna, de estatura ordinariamente grande, de genio despierto y alegre, ni se entristecen fácilmente, sino es acaso en sus desgracias domésticas; son prontos de entendimiento y aprenden maravillosamente los oficios mecánicos: pero torpes y duros en creer lo que no alcanzan los sentidos materiales.

Conservan por largo tiempo en su pecho la memoria de las injurias recibidas, y aunque sientan partírseles el corazón de dolor y rabia, lo esconden y encubren disimuladamente con un semblante enteramente alegre, esperando coger al enemigo desprevenido para hacer con más seguridad el tiro.

En lo que toca á religión, son finísimos ateistas, no dando culto ni veneración á deidad alguna, si no es que digamos que su Dios es su vientre, porque no entienden de otra cosa, procurando gozar en esta vida todo el buen tiempo que pueden, viviendo como animales.