No tienen gobierno ni guardan vida política.
Sólo en cada tierra hay un cacique á quien ordinariamente tienen algún respeto y reverencia.
Viven pocos juntos, porque como carecen de gobierno, y no tienen cabezas, por cualquiera ligero disgusto se separan.
Sus casas no son más que un Rancho de paja dentro de los bosques, unos en una parte y otros en otra, sin orden ni distinción; y ni aun eso tienen los Payaguás, los cuales nunca están fijos en un lugar, y cada noche hacen alto en diverso paraje; por lo cual no usan de otra casa que una pequeña estera, para repararse del viento, y en lo demás duermen al descubierto.
La mayor parte del tiempo gastan en buscar miel por las selvas, para hacer su vino con que se embriagan muy frecuentemente. Y luego que se les calienta la cabeza, y pierden aquel poco juicio que antes tenían, á lo mejor de la embriaguez paran todas sus fiestas en peleas, heridas y muertes; porque los rencores y los odios sepultados largo tiempo en sus pechos alevosos, por cobardía y temor, salen á fuera en tales ocasiones y se procuran vengar con furor increíble; y lo que causa más admiración es que los parientes de los muertos no se sienten nada de la injuria recibida, cuando vuelven en sí, por más estrecho que sea el parentesco.
En reducir estas naciones á vida racional y á la ley de Cristo emplearon desde los primeros años del siglo pasado todo el fervor de su espíritu, los Padres Juan Darío, italiano, y Gaspar Osorio Valderrábano, español, por orden del P. Nicolás Mastrilli Durán, Provincial de esta provincia, y tío del santo mártir Marcelo Mastrilli, pero no correspondiendo á la labor la dureza de estos pueblos, con fruto digno de sus fatigas y sudores emplearon en otra parte su celo.
La obstinación de estas naciones fué en gran parte originada de los españoles, cosa que no se puede traer á la memoria sin dolor y lágrimas, y por eso más quiero callarlo que escribirlo; y quien tuviere ánimo para leerlo, lo podrá ver en otros historiadores.
Sólo diré que apenas se introdujo allí el conocimiento de la ley cristiana, cuando en breve tiempo se hizo maravilloso fruto; y en tanto que hubo allí hombres de virtud, fué en aumento la piedad y religión; pero después que la codicia de los españoles oprimió con exceso á los pobres inocentes indios, se dieron á la desesperación para librarse de aquel cautiverio en que los tenían los españoles que los gobernaban, á que se oponían los Jesuitas con todo esfuerzo, por ser contra lo que repetidas veces tienen ordenado nuestros católicos monarcas.
Llevados, digo, los indios de la desesperación, procuraron buscar un cruel remedio para redimir la opresión, y fué disponer secretamente una conjuración y matar á los gobernadores como lo hicieron; y ha quedado en ellos tal horror á todos los españoles, debajo del cual nombre entienden á todos los demás europeos, que el común vocablo con que los llaman es enemigos.
No obstante, el santo mártir P. Pedro Romero, español, y el infatigable Misionero P. Joseph Orighi, hermano del eminentísimo señor Agustín Orighi, y tío del eminentísimo Orighi, que vive al presente, quisieron volver á promulgar el Evangelio entre los Guaycurús, y sin tener cuenta de sus propias vidas, intentaron, con increíbles trabajos y fatigas, domesticar su innata fiereza; pero sin hacer más fruto que bautizar algunos párvulos, se vieron obligados á retirarse.