Dicen que sor Victorina
lo hizo con fe: no lo sé;
ello es que puso más fe
que azúcar, huevo y harina.
¡Qué bizcocho! Desde allá
me lo mandaron á mí,
y dije en cuanto lo ví:
«¡Demontre, qué duro está!»
Sin duda llevaba mucho,
mucho tiempo de estar hecho,
así es que me fuí derecho
en busca de un buen serrucho
para poderlo partir;
mas no lo pude lograr.
¡Yo, qué modo de apretar!
¡El, qué modo de crujir!
Con un cuchillo sencillo
quise después darle un tajo,
y tras de mucho trabajo
lo que partí fué el cuchillo.
Luego, para que cediera,
le di un martillazo bueno;
¡y el bizcocho tan sereno,
sin ofenderse siquiera!
Después, llorándole yo,
de cosas tristes le hablé;
pero todo inútil fué,
porque no se enterneció.
El trance era pistonudo
y pedí auxilio á Barroso,
que es heredero forzoso
y debe de ser forzudo,
y cual si partiese leña,
le hirió con el hacha impía;
¡pero el bizcocho seguía
tan duro como una peña!
Desesperado, tiré
cuatro tiros al bizcocho,
y otros cuatro: total, ocho;
¡pues nada, ni le asusté!