Por fin, á la superiora
de las madres de Chinchón
la hice saber el tesón
de su bizcocho, y ahora

me responde que no acierta
la causa, pues para mí
lo habían sacado allí
del estanque de la huerta,

donde con gran interés
un sacristán que era cojo
lo tuvo puesto en remojo
desde el año veintitrés.

Así que venció á los bronces
y triunfó del pedernal,
tiré el bizcocho al corral,
y he vivido desde entonces

sin saber el paradero
que Dios le ha dado, hasta ayer,
que pasé por el taller
de Benito el cerrajero.

¿Sabéis lo que á la sazón
era el yunque de Benito?
Pues el bizcocho manguito
de las monjas de Chinchón.

Á UNA PRIMA TACAÑA

Mi estimada prima Concha:
¡Se necesita un tupé
superior para volverme
á convidar á comer
cuando aún no se me ha olvidado
lo que pasó la otra vez,
gracias á lo miserable
que el Señor te quiso hacer!
Menos mal que, escarmentado
(malhaya tu aviso, amén),
no asistiré á tu comida
sin llevar dentro un bistek.
Por cierto que Inés, tu fámula,
bien te secunda. ¡Rediez
con la comida ilusoria
que nos puso su merced!
¿Quizá, Concha, te figuras
que yo no recuerdo que
nos dio primero unas ostras
desalquiladas la Inés?
Dijo que eran «pa abrir boca»
y en efecto, dijo bien,
pues al verlas, con un palmo
de boca abierta quedé.
¿Á quién se le ocurre ¡oh, Concha!
darme dos ostras ó tres
sin el bicho que en el centro
suelen las conchas tener?
Sopa de fideos finos
rezaba, el menu-cartel;
pero tan finos los puso
que no los pudimos ver.
¡Y qué paella más rica
nos sirvió luego después!
Trasladé á mi plato un grano
de arroz y le pregunté
si sabía el paradero
de las tajadas. "No sé
—contestó.—Yo no me trato
con eso que dice usted."
Lengua era el plato segundo,
y yo me acuerdo muy bien
de que Inés sacó la lengua,
¡pero yo no la caté!
Pues ¿y los tan anunciados
cangrejos? ¡Qué chasco aquél!
Me dijo Inés que se habían
fugado á medio cocer,
y los andaba buscando
por todo el distrito el juez.
Y con la broma te ahorraste
los cangrejitos también.
Después de darme unas truchas
pintadas en un papel,
tu economía más cómica
indudablemente fué
la del flan. ¡No se me olvida!
¿No recuerdas tú que, en vez
de darme realmente flan,
me estuviste hablando de él?
Si me diste la castaña
(que es un postre de chipén)
y me la diste con queso,
¿qué más pude apetecer?
Cuando salí de tu casa,
excuso decirte que
tenía más apetito
que el que no come en un mes.
Y claro está, cuantas cosas
luego á la vista me eché,
me pareció, cara prima,
que eran cosas de comer.
El tintero, desde donde
llevo la pluma al papel,
se me figuró una jícara
de chocolate de á seis
reales libra; la cabeza
de un amigo mío, que es
magistrado, parecióme
que era un melón de Añover;
mi cartera, un entrecot;
el reloj que en la pared
tengo colgado, creí
que era un jamón de Avilés;
mis zapatillas, un par
de lenguados al gratín,
y un atún escabechado
la mamá de mi mujer.
Y no me comí los muebles
y una buena parte de
la familia, porque fuí
desde tu casa al Inglés.
En fin, si has de hacer conmigo
lo que hiciste la otra vez,
vale más que no me invites,
¡no me invites á comer!

¡PARECE MENTIRA!