Casta, la pastelera de Burguillos,
fabrica con serrín los bartolillos,
con sebo los pasteles confecciona
y añade al chantilly zaragatona.
¡Y aún hay quien dice, conociendo á Casta,
que es persona que tiene buena pasta!

COMESTIBLES

(Á mi amigo V. S.)

No me vengas, querido, con más discursos
para probar que tiene pocos recursos
respecto á la pitanza Valdegalletas,
¡ese escondido pueblo donde vegetas!
En Madrid es en donde pasa por primo
quien compra comestibles, ¡Hay cada timo!...
La industria de lo falso vive y se extiende,
y es de guardarropía cuanto se vende.
¡Dichoso tú que, pobre y enamorado,
comerás desde el día que te has casado
sólo pan y cebolla con tu parienta,
aunque no es la comida muy suculenta!
En cambio yo, gozando de estos lugares,
como, por mi desgracia, falsos manjares,
que en la tienda me cuestan muchos doblones,
y después en mi casa retortijones.
Ayer comí en la fonda, por la mañana,
á la inglesa, á la rusa y á la italiana,
y aunque probé en la mesa no ser cobarde,
el conflicto europeo vino más tarde.
Hoy se adultera todo, mas con tal maña
que hay géneros que al Verbo dan la castaña.
Hoy se fabrican huevos artificiales,
hasta en laboratorios municipales.
Hoy tienen gran salida los embuchados
con lomo de jumenta confeccionados.
Hoy se venden pimientos de la Rioja
hechos de suela vieja con funda roja.
Hoy hay jerez, burdeos y otros cien vinos
que realmente son purgas con nombres finos.
Y no digamos nada del chocolate:
¿ser de cacao y azúcar? ¡Qué disparate!
Hoy el queso es patata, cal la tapioca,
el bacalao es pleita y asfalto el moka,
y no hay ultramarinos acreditados
que no tengan productos falsificados.
Esto no es cosa mía: lo ha referido
un joven que en mi barrio se ha establecido.
¡Qué orejones de yute vende en su tienda,
sin que haya parroquiano que lo comprenda!
¡Qué lenguados más ricos saca el muchacho
de alfombras inservibles de su despacho!
Las corta en pedacitos, los adereza
con un caldo sacado de su cabeza,
los mete en unos botes, y á Dios le asombra
el dinero que saca de aquella alfombra.
¡Y después nos extraña que haya en la villa
tanto niño inocente con alfombrilla!...
Nada, querido amigo, vive mil años,
no envidies á quien sufre tales engaños,
y hasta que Dios aumente tu corta renta
come pan y cebolla con tu parienta!

PAELLA MORROCOTUDA

—Ruperta, ¿quién ha llamado?
—Un mozo.
—¿Qué quiere?
—Trae
un cesto lleno de cosas
de la plazuela del Carmen.
—Pues coge el cesto y conmigo
vente á la cocina á escape.
Tú no haces bien la paella
y hoy me propongo enseñarte.
—¿Usted sabe hacerla?
—¡Digo!
Mejor que el Cid. ¿Tú no sabes
que el primo de la nodriza
de un hermano de mi padre
pasó en Valencia dos meses?
—Sí lo sé.
—Pues no te extrañe
que yo tenga las paellas
en la masa de la sangre.
Vamos á empezar. Primero
dame esa cazuela grande.

—Tome usted.
—Bueno. Ahora llénala
de arroz.
—¿Hasta arriba?
—Casi.
Acércame la aceitera.
—Tenga usted.
—Bien. Ahora sácate
de ese cesto que han traído
los dos pedazos de carne,
las almejas, la gallina,
seis cebollas, dos tomates,
cuatro morcillas enteras,
seis ó siete calamares,
diez cangrejos y un pedazo
de mero, sin olvidarte
de echar el hígado encima.
—¡Ya lo creo! ¿No he de echarle?
—Prepáralo bien; revuélvelo
en la cazuela, y añade
caracoles, longaniza,
jamón, aceite, vinagre,
menudillos, zanahorias,
alcachofas y guisantes.
—¡Qué atrocidad! ¿Y no echamos
un poco de chocolate?
—No; déjalo, que ello cueza
sobre la hornilla bastante.
Mientras me lavo y me peino,
del fogón no te separes,
y echa un ojo á la cazuela
para evitar un desastre.
—¿Que eche á la cazuela un ojo?
¡Señora, no puedo echarle!
—¿Por qué no puedes, Ruperta?
—¡Señora, porque no cabe!

EPIGRAMA