Contaba Cucufate de Avendaño
que nada en este mundo le hace daño.
—Ayer (decía), en el café de Prada,
me tomé un chocolate con tostada,
y detrás me di un baño.
—¿Detrás se lo dió usted, don Cucufate?
¡Buen tamaño tendría el chocolate!

¡VALIENTE TORTILLA!

Hay en esta capital
una taberna indecente,
por delante de la cual
paso yo frecuentemente,

y tiene un escaparate
donde hay pájaros muy tiesos,
habichuelas con tomate,
bacalao y otros excesos.

Y así como observo bien,
si voy por aquella acera,
que cambia en un santiamén
los platos la tabernera,

me pasma y me maravilla
el ver que nunca jamás
renueva cierta tortilla
que está allí entre lo demás.

Y no hay que decir que cada
día es una diferente.
Siempre está allí colocada
la misma precisamente,

¡la misma! y lo afirmo yo,
porque conserva en un lado
tres motas negras (que no
son trufas, por de contado).

Al verla, ni aun se entusiasma
el que tenga hambre canina.
¡Si aquello es una boína
con aires de cataplasma!