¡Qué tortilla, San Ramón!
Yo afirmo con seriedad
que es la representación
de la inamovilidad.

Siempre en su sitio la veo
tan lacia, tan escurrida,
y con un color tan feo
y tan cariacontecida!...

No son exageraciones:
suda en llegando el estío,
y le salen sabañones
así que comienza el frío.

Quien la compre la ha de hallar
tan seca como mi abuelo,
y la tendrá que afeitar,
porque hasta va echando pelo.

En fin, ¿queréis verla? Está
muy fina conmigo, pues
tanto me conoce ya
de verme un mes y otro mes,

que al pasar yo por orilla
de la tabernucha aquella,
me saluda la tortilla
y yo la saludo á ella.

¿Y á hacerlo así me someto
porque es una dama? No.
La saludo con respeto
porque es más vieja que yo.

MI DESPENSA

Una zafra de aceite de oliva
(¡del más malo, querido lector!)
con su tapa en la parte de arriba
y espita con llave en la parte inferior.