ENTRANDO por la calle de la Fuente, de vuelta del huerto, las Campanas, que ya habíamos oído tres veces desde los arroyos, conmueven, con su pregonera coronación de bronce, el blanco pueblecillo. Su repique voltea y voltea entre el chispeante y estruendoso subir de los cohetes y la chillona metalería de la música.

La calle, recién encalada y ribeteada de almagra, verdea toda, vestida de chopos y juncias. Lucen las ventanas colgaduras de damasco granate, de seda amarilla, de celeste raso, y, en las casas en que hay luto, de lana cándida, con cintas negras. Por las últimas casas, en la vuelta del Porche, aparece, tarda, la Cruz de los espejos, que, entre los destellos del poniente, recoge ya la luz de los cirios rojos. Lentamente, pasa la procesión. La bandera carmín, y San Roque, patrón de los panaderos, cargado de tiernas roscas; la bandera glauca, y San Telmo, patrón de los marineros, con su navío de plata en las manos; la bandera gualda, y San Isidro, patrón de los labradores, con su yuntita de bueyes, y más banderas de colores, y más Santos, y luego, Santa Ana, dando lección á la Virgen, y San José, pardo, y la Inmaculada, azul... Al fin, entre la guardia civil, la Custodia, ornada de espigas granadas y de esmeraldinas uvas agraces su calada platería, despaciosa en su nube celeste de incienso.

En la tarde que cae, se alza, claro, el latín andaluz de los salmos. El sol, ya rosa, quiebra su rayo bajo, que viene por la calle del Río, en la cargazón de oro de las viejas capas pluviales. Arriba, en derredor de la torre escarlata, sobre el ópalo terso de la hora serena de Junio, las palomas tejen sus altas guirnaldas de nieve encendida...

Platero, entonces, rebuzna. Y su mansedumbre se asocia, con la campana, con el cohete, con el latín y con la música, al claro misterio del día, y el rebuzno se le endulza, altivo, y, rastrero, se le diviniza...

XXVI
LA CUADRA

CUANDO, al mediodía, voy á ver á Platero, un transparente rayo del sol de las doce enciende un gran lunar de oro en la plata blanda de su lomo. Bajo su barriga, por el obscuro suelo, vagamente verde, el techo viejo llueve claras monedas de fuego.

Diana, que está echada entre las patas de Platero, viene á mí bailando y me pone sus manos en el pecho, anhelando lamerme la boca con su lengua rosa. Subida en lo más alto del pesebre, la cabra me mira curiosa, doblando la fina cabeza de un lado y de otro, con una femenina distinción. Entretanto, Platero, que, antes de entrar yo, me había ya saludado con un levantado rebuzno, quiere romper su cuerda, duro y alegre al mismo tiempo:

Por el tragaluz, que trae el irisado tesoro del cenit, me voy un momento, rayo de sol arriba, al cielo, desde aquel idilio. Luego, subiéndome á una piedra, miro el campo.

El paisaje verde nada en la lumbrarada florida y soñolienta, y en el azul limpio que encuadra el muro astroso, suena, dejada y dulce, una campana.

XXVII
EL PERRO SARNOSO